MAÑANA SERÁ OTRO DÍA

      El bar del barrio huele a lejía y pan tostado. Torcuato, el dueño, acaba de encender el transistor, suena Radio Nacional de España mientras otros dos señores, acodados en la barra metálica, toman lo mismo: un café corregido con Soberano. Otro, que por su atuendo parece preparado para ir a cazar, desayuna en abundancia y mira con recelo al chino Juan, (que en realidad se llama Chan y es camboyano) que ha dejado a su hijo al frente del badulaque y ha empezado a hacer sonar la tragaperras bien temprano. Alguien que está sentado fuera, en una mesa alta y minúscula, fuma y lee un periódico manchado de aceite. – “Ya quieren bajar otra vez las pensiones estos cabrones” – Exclama para que le oigan alrededor, pero no hay nadie alrededor. El afilador pone su ritmo de rumba quinqui a las aceras y pasa orgulloso con su bicicleta vacilando a la concurrencia. María, la del quiosco, ha dejado el tabaco y ha cogido cuatro kilos, pero Cuqui, su vecina, viene del estanco de comprarle un cartón. El cura del barrio se ha quitado el alzacuellos y ha comprado dulces para su madre que vive dos manzanas más allá, pero de paso se ha parado un ratito a saludar y, claro, le han puesto un medio.

      Yo mismo paso de largo con la perra, cuando la mañana avanza, y veo pasar al cartero cojeando de una pierna y a dos gitanitos con una cruz de mayo en una caja de zapatos. A mediodía, Torcuato iza los toldos y se sienta con sus clientes a jugar al dominó. En ese momento, el bar se atiende sólo. La parroquia bebe fino, Lucinda un vermusito, su niño que está malito y no ha ido al cole, un Puleva de chocolate, y Celso, el bailaor retirado, bebe agua con hielo y limón. Las partidas se eternizan y las conversaciones se acaloran. El sol sigue dando nombre al martes, pero ya empieza a esconderse detrás de las azoteas. Dos policías de servicio paran a tomar el café de media tarde mientras la Chelo se pinta por quinta vez los labios.

        Algunos ya andan borrachos, otros se han ido marchando y Torcuato retira las sillas de la terraza. Está atardeciendo y ya cae por la sierra esa brisa que le recuerda tanto a su tierra. Algo tiene de derrota siempre el atardecer. Las casas colindantes empiezan a bajar las persianas y el último grupo de clientes capta la indirecta. El dueño se queda sólo en el bar. Envuelto por el silencio que deja tras de sí la algarabía al irse. Ya casi lo ha recogido todo. Ha hecho la caja, ha limpiado la cafetera y ha encargado el pan de mañana. Antes de salir echa un último vistazo y ve el televisor encendido y en silencio. Ya ha empezado el telediario de la noche y la silueta muda del presentador se le antoja absurda. Todo el bar queda iluminado por el brillo azulado de la pantalla mientras Torcuato busca el mando a distancia. “44 afectados por una neumonía desconocida en la ciudad china de Wuhan”, dice el titular de la noticia. Pulsa el botón de apagado, recorre una noche más su bar a oscuras y echa, por fin, el cierre. “Que no se me olvide mañana comprar tomates”, piensa de vuelta a casa. Llega al número ocho de su calle, hace girar la llave en la cerradura, se adentra prudentemente en el portal y desaparece escalera arriba dejando tras de sí otro lugar vacío. Mañana será otro día.

TORCUATO