Mar invisible

      En los últimos diez años hemos tenido cinco mudanzas. Siempre a rastras con los trastos, siempre pisos sin amueblar, siempre todo vacío. Me gusta pensar que pequeños trozos de mí van quedando en todos aquellos lugares. No pudimos recogerlo todo; algún recorte, una antigua foto, algún disco virgen medio roto, objetos físicos que hablen de mí a los nuevos inquilinos, que cuenten historias inventadas sobre nosotros.

     Pues bien, esta misma tarde, cuando cruzaba la calle en dirección al trabajo, he pasado por mi antigua casa y no he podido evitar mirar hacia las que fueron mis ventanas. Las últimas lluvias de febrero han hecho crecer las plantas que sin fe sembramos en el arriate pocos meses antes de irnos. Machado, pensé, otro milagro de la primavera, y sin más, continué mi marcha y llegué a la oficina.

     Ya al caer el sol, por fin en casa, puse la correa a Bimba y bajamos juntos a dar nuestro paseo vespertino. Nada nuevo, ella a lo suyo, lo fisiológico, y yo aprovechando para hacer alguna llamada, otra llamada, el interlocutor no contestaba, pero yo ya no estaba pendiente de los tonos. Algo me había llamado la atención. Justo delante de mí, en un solar abandonado por el que paso prácticamente todos los días. Pude ver algo en lo que hasta ahora no había reparado. Una revelación.

     De lo que en su día fuese un bloque de pequeños y humildes apartamentos ya sólo quedaban el suelo de losa cubierto de malas hierbas y las que en su día fueran las paredes de todas y cada una de las habitaciones, claramente diferenciadas por el tipo de acabado. Nunca antes me había fijado detenidamente, pero, al fondo, sobre los azulejos de lo que algún día debió ser la cocina, había unas inscripciones, unas pequeñas marcas horizontales como de haber medido a unos niños y junto a ellas, los que debieron ser sus nombres: Carmen, Lorenzo y Luisito. En el suelo y apoyado contra la pared, yacía el cadáver de un tablón de anuncios de corcho con números de teléfono anotados en las esquinas. “Tita Araceli”, “podólogo”, “trabajo nuevo”. Números de teléfono sin prefijo.

     ¿Qué edad tendrían hoy todos los habitantes de aquel lugar? ¿Cuántos de ellos habrán muerto? ¿Cómo de fina es la línea que separa nuestra realidad de las demás realidades? ¿Qué ocurriría si un nuevo inquilino comprase el terreno, encontrase esos números y los marcase todos uno a uno?

      Los seres humanos necesitamos de una manera casi obsesiva distinguir entre pasado y presente, posible e imposible, vivos y muertos, pero la verdadera realidad, la que no es mía ni es de nadie, sigue su curso al margen de esas ilusiones.

       Existe un caudaloso manantial de información bajo la tierra. Sus aguas brotan desde los orígenes del tiempo hasta la superficie formando ríos de datos que recorren serenamente la distancia que los separa del mar.

       El mar será invisible hasta que aprendamos a mirarlo.

 

Ilustración de Guy Billout