La cara oculta de la luna

             Reconozco que aquella noche bebí demasiado, de hecho, seguí bebiendo una vez los rayos del sol comenzaron, implacables, a contornear los cuerpos, en aquel bar de mala muerte. Siempre he sido un excelente bebedor, con una resistencia forjada en mil batallas, pero, aquella noche, mis síntomas de embriaguez eran evidentes, de modo que cuando advertí la situación puse las excusas pertinentes y huí sin dar pie a la réplica.

            Conocía el barrio mejor que las palmas de mis manos, de modo que, pese a mi estado, conseguí arrastrarme hasta la pensión México, un viejo picadero de artistas y maricones, cercano a la plaza de abastos, que, pese a estar cayéndose a pedazos, aún conservaba cierto encanto romántico. Yo mismo había parado allí en innumerables ocasiones tras mis noches de juerga, pocas veces acompañado y las más, solo o rodeado de fantasmas. Debían ser las nueve de la mañana, a juzgar por el incipiente calor que empezaba a empapar las aceras y me moría por una cama en la que sucumbir. Una orilla en la que tumbarme a esperar a que la pleamar me engullese.

            Por fin, cuando estimé, por el dibujo de los adoquines, que estaba frente a la puerta, me tanteé los bolsillos, saqué un billete de veinte y me dispuse a abrir la vieja puerta de madera. No hizo falta, la puerta se abrió antes de que yo lograse alcanzar el pomo y tras ella, apareció una chica en la que, debido al estado de mis sentidos, apenas pude reparar y que salía decidida y apresuradamente del hall, con los ojos empapados en lágrimas, mal de amores, pensé; y me encaminé hacia el mostrador, donde ya me esperaba Óscar, el recepcionista.

            -Buenas noches, Oscar, criatura, tienes algo para este saco de huesos – Buenos días, Don Vicente, pues, mire, en este momento, estamos completos, pero, puedo ofrecerle nuestra habitación del servicio, la que utilizamos los empleados para dormir antes y después de los turnos. – Por mí como si me sacas una cama al balcón. Ya no pertenezco al mundo de los vivos – Enseguida se la preparo, Don Vicente, enseguida estoy con usted.

            Tras unos minutos de espera, Oscar, apareció con la llave de la habitación y yo me descubrí a mí mismo mirando, con los ojos como platos, la blanca fachada de una casa que se avistaba desde la única ventana del salón de la pensión. El ruido metálico del llavero, me hizo reaccionar, pero, en ese momento y con una mezcla de rabia y sorpresa, descubrí que había perdido el sueño. Mi cuerpo, estaba extenuado, pero, de repente, no me apetecía dormir, anduve hasta el cuartito, abrí la puerta y me dejé caer sobre la cama, la mirada fija en el techo y el pensamiento completamente abstraído. En ese momento, sentí que algo situado entre mi espalda y las mantas, impedía el reposo oportuno.cuaderno Me giré sobre mí mismo, con un esfuerzo, que se me antojó hercúleo y fue, entonces, cuando advertí el cuaderno, más bien, una pequeña libreta de pastas duras y encueradas, que, se me había clavado en el omóplato izquierdo. Sin más, la cogí y comencé a leer sus lisas páginas amarillentas. Lo hice con una curiosidad adulta. Esa degeneración de la curiosidad, que, tenemos cuando nos alejamos de la infancia y que nos hace afrontar lo novedoso sin esperar sobresaltos. Sin creer en los milagros.

            De repente todo era perfecto, la brisa que entraba por el ventanuco, acabó de espabilarme y me acariciaba sensualmente la cara, mi alma, se sintió repentinamente congraciada y mi cuerpo dejó de estar sometido a las gravitaciones inherentes a la mortalidad, cada línea de aquella libreta, me sumergía en mil mundos distintos, lo que comenzó como un acto reflejo, se convirtió en un camino de perfección, quien fuera que escribiese aquellas palabras, sin duda, conocía el oficio, era una prosa decadente y sensual, era como un susurro, un susurro temprano de aliento de pan caliente. Una tierna llamada a lo erótico, que me estaba haciendo enamorarme de la lectura, una vez más. No sé si fueron los efluvios del alcohol o las pavesas del calor de la noche, pero, recuerdo que estaba excitado. Leer aquellos textos, aquella noche, fue como hacer el amor sobre una pradera templada al sol. Un acto primigenio, embaucador y sincero. Un verdadero éxtasis laico.

            Ya, por la tarde, desperté con diez mil pares de alfileres asaeteándome las sienes y, de inmediato, se me vinieron tres recuerdos de la onírica noche pasada. En ese momento, las tres únicas imágenes que me quedaban de la debacle. Recuerdo que acabé encaramado a la ventana, con una pierna por dentro de la habitación y la otra colgando hacia la calle y completamente desnudo, declamando, línea por línea, el contenido de la libreta. También recuerdo un nombre, un nombre, que firmaba cada uno de los relatos, un nombre, que se me antojó perfecto: Luna Fusté; y recuerdo también, que decidí apropiarme de aquella libreta y que, con ese fin, la deposité, concienzudamente, sobre la vieja mesita de noche, la misma mesita de noche de la que, a la mañana siguiente, y, como por arte de magia, desapareció sin más. Sé que no lo soñé. Puede que todo en aquella noche fuese un sueño, puede que estuviese borracho, pero sé, con total seguridad, que dejé en aquella mesita, la libreta. Lo sé, porque, cuando algo me hace sentir como me sentí en aquella mágica noche, dejo mi vida, si es preciso, por conservarlo.

            Sin más, me aseé y vestí, como poseído por una fuerza desconocida, y me lancé a la calle, mitad impaciente, mitad ilusionado y con un objetivo, grabado a fuego en mi cabeza. Encontrar aquella libreta. Encontrar a Luna Fusté.

            Una vez abajo, al colocar la mano sobre el pomo de la puerta de la pensión, con la intención de salir, caí en la cuenta. La mañana anterior, al entrar, aquella chica que lloraba, aquella silueta difuminada, sin rostro y triste. Pudo ser ella, podía ser Luna Fusté… Quizás el ansia de conocimiento, quiso enmarañar mi imaginación, quizás, estaba de nuevo percibiendo cosas que no existían. Volví sobre mis pasos y me coloqué frente al mostrador de recepción.

            – Oscar, ¿Tienes un minuto? – Dígame, señor Whitman. – Por casualidad, ¿sabes algo de la chica que salía ayer llorando en el momento justo en que yo llegaba? – Si, claro, era Mar, Mar Arenales, hasta ayer era mi compañera en la recepción. Justo cuando usted llegó, acababa de ser despedida. – Nunca antes la había visto por aquí – Sí, tan solo llevaba un mes trabajando. Entre usted y yo, esa chica no estaba bien de la azotea. – ¿Sabes, por casualidad, donde podría encontrarla? – Pues, la verdad, ninguno de los que trabajamos aquí llegamos a saber mucho de ella, esa chica ocultaba algo, Don Vicente, no era trigo limpio, creo que vivía sola en la ciudad y que solía frecuentar los bares de San Telmo, más de una vez, la vi rodeada de guapos y fulanos de baja estofa, con aires de literato. Eso sí, cada vez, con uno distinto. – Gracias muchacho y entre tú y yo, Oscar, criatura, tienes que aprender a ser más discreto, si quieres llegar a algo en la vida. – Lo tendré en cuenta, Don Vicente. – Más te vale, diablo, más te vale.

            Así comenzó la búsqueda. Mi intuición puesta en evidencia. El sol comenzando a caer y en mi lista de indicios, únicamente dos nombres (uno real y uno falso, los dos falsos o los dos reales) y una montaña de ambigüedades. Buscar a una mujer sin rostro en pleno Buenos aires, un Sábado a las seis de la tarde, no parecía un plan demasiado halagüeño, pero era desde la mañana anterior casi una necesidad para mi… Necesitaba ver, con mis propios ojos, a la autora de aquellas líneas, conocer en primera persona a la dueña del espíritu alojado en mí desde el pasado amanecer. Paso tras paso, comencé a caminar, a caminar bajo esa incertidumbre que embalsama las ciudades en los instantes previos al atardecer, en los instantes previos al comienzo de la guerra.

            Mi primera idea fue adentrarme, como un turista que pasea, en el barrio de San Telmo. A esa hora, los cafetines, se ponían en marcha para lo que en pocas horas comenzaría a ser, una noche de sábado más, se podía caminar tranquilamente por las aceras y observar el reposado ir y venir de carretillas, cajas vacías y proveedores de todo tipo. El agradable espectáculo me recordaba, a aquellas tardes de domingo, allá en mi pueblito, en las que las compañías de teatro de la capital, se dedicaban a montar el escenario donde por la noche representaban a Mihura, Vallejo o Valle-Inclán. Con lo puesto y mi pequeña mochila, anduve desorientado san-telmodurante al menos una hora por las estrechas callejuelas, como con la pereza de quien tiene que enfrentarse a un reto que le supera. Así continué, hasta que al pasar por el coqueto escaparate de una pequeña tienda de cafeteras, el cristal reflejó mi infame imagen, tenía que tomar una ducha y adecentarme en la medida de lo posible. Con ese aspecto de insecto, la luna no se fijaría en mí. Siempre creí más en la mitología que en las fábulas.

            Al terminar la calle, haciendo esquina, pude ver el obsoleto letrero de neón de un hostalito, Hostal Lupita, de modo que, sin pensarlo mucho, decidí alojarme en él y tomarlo como cuartel general para la noche. Pese a su excelente localización, las habitaciones eran razonablemente baratas, la mía, además tenía un pequeño balcón que daba a la fachada trasera del edificio y en el que había una pequeña silla metálica a medio romper. Se me antojó un lugar perfecto para sentarme a escribir unos versos y matar las horas que restaban para la venida del bullicio, para el comienzo de la fiesta. Me aposenté, me quité la ropa y salí al balcón en calzoncillos. Estuve escribiendo versos durante dos horas, con una fluidez inusitada. Toda esta historia conmovía mis entrañas y me hiperestesiaba el alma.

            Cuando el reloj de la Iglesia de Nuestra Señora de Belén repicó las diez de la noche, desperté de mi absorción, me levanté, entré, nuevamente, en la habitación, corrí las cortinas y saqué de mi mochila una camisa limpia, la estiré sobre la cama y alivié, cuanto pude, sus arrugas. Sin pensarlo, me metí en la ducha y dejé que la obstruida alcachofa irrigara mi nuca. Conseguí relajarme hasta el punto de dejar la mente casi en blanco. No sé cuanto duró esa ducha, pero fue altamente reconfortante. Una vez seco, me vestí y volví a salir al balcón, eran las diez y veinte de la noche y una fresca brisa marina hacía soportable la humedad del ambiente. En la calle, ya comenzaba el desfile y parejas de todo tipo, chicas solitarias, artistuchos, escritores jóvenes o fracasados, cazafortunas retiradas, ninfas del bosque y turistas desorientados, daban sus primeros pasos de baile sobre las aceras de San Telmo. En cualquier esquina, podría uno enamorarse o ver cómo le robaban la cartera. El sexo y la muerte flotaban en el aire en aquel carnaval caleidoscópico que solo giraba en una dirección. Esa dirección hacia la que me empujaba el instinto. Allá donde huimos los que tenemos cosas que ocultar. Hacia adelante, hacia el vacío o hacia la verdad, una verdad vacía, al fin y al cabo. La verdad del mundo.

            Cuando salí dejando atrás “El Lupita” tuve un entrañable déjà vu, que me hizo permanecer en shock durante unos segundos, quizás en otra vida, quizás en mi inconsciente infancia, aquellos colores, aquella brisa y aquel olor se presentaron ante mí, tal y como ahora los percibían mis sentidos, en todo caso, esta sensación despertó mi apetito, de modo que decidí adentrarme en el barrio, hacerme con una empanada de carne y comerla sentado discretamente en cualquier poyo, mientras observaba, a modo de calentamiento, a la fauna del lugar.

            Aún era temprano, ni siquiera eran las once y los protagonistas de la fiesta lucían impolutos, todos, con sus mejores galas y guardando cordialmente la compostura. Los bares estaban a rebosar y el volumen de las tertulias aún era tolerable, un murmullo alegre que apenas se imponía al tintineo de platos, tazas y cubiertos y al atareado ir y venir de los camareros. Desde donde tomé asiento, mi vista alcanzaba a distinguir tres cafetines, con sus correspondientes terrazas, en las que, a primera hora, la gente aprovechaba para ir engrasando el esófago en distendida conversación. De entre ellos, me llamó la atención, el más coqueto, un encantador cafetín de principios de siglo llamado “El Primero”, me pareció bien hacer honor a su original nombre y comenzar mi noche en él, de modo que terminé de engullir mi empanada, apuré la cerveza, me sacudí las migajas y me encaminé hacia allá.

            Tuve suerte de encontrar, casi inmediatamente, una mesita, colocada a la orilla del adoquinado, que me pareció perfecta ( a decir verdad todo me parecía perfecto desde que leí aquel cuaderno) como aún se me antojó temprano para empezar a beber whisky, cuando se acercó el camarero dispuesto a atenderme, le pedí lo que estaban tomando mis vecinos de mesa, de modo que, al cabo de  un minuto, apareció de nuevo ante mí, con una especie de cóctel y me hizo saber: – Aquí tiene, caballero, es “el primero”, el cóctel de la casa – Gracias – le contesté. Estaba fuerte aquel brebaje, pero también, jodidamente bueno, parecía estar hecho a base de ginebra, Cointreau y mango, si mi adiestrado paladar no me engañaba. En todo caso, lo liquidé en apenas tres sorbos. El tamaño de la empanada y su aliño despertaron en mi una sed insaciable, que, ayudó a que en poco menos de media hora, absorbiese tres “primeros”. Estaba realmente cómodo en aquel barecito. Una brisa pura se deslizaba entre mis brazos y me traía fragancias del puerto. Podía oler, sin esfuerzo, la brea, la sal y el pescado fresco. Sentía en mi piel el abrazo templado de la ciudad, el sonido de los tiempos, el eco de mi propia voz y fue, entonces, cuando la vi. Una inmensa luna llena como un plato vacío. Una luna imposible, que acariciaba el lomo plateado de un mar en calma. De pronto vi a mi madre y la vi a ella, vi a Luna Fusté, imaginé sus facciones y construí su cara con la cara de todas las mujeres del mundo, de todas las mujeres que, a esa misma hora, estarían contemplando aquella luna. Una luna serena e indiferente. Una luna tan real, como inalcanzable.

            Y fue de este modo, como, poco a poco, fui sumergiéndome en la noche, con el estómago caliente y el ánimo despierto, avisé al camarero, pedí la cuenta y abandoné aquel maravilloso barito. Me sentí preparado para afrontar una velada llena de emociones desconocidas y con esa intención agarré la calle Ancha (que no lo era especialmente) descendí unos metros hasta que di con otra  terracita, ésta, bastante más amplia que la del “Primero” y en ella pude ver sentados y dialogando a varias caras conocidas de la poesía porteña, círculos entre los que no me gustaba moverme de manera habitual, pues, siempre fui poco amigo de los grandes egos que, a menudo, alimentan los que, en esta ciudad (y me temo que en todas las ciudades) se dedican a este oficio que es la literatura. Nunca conseguí entender la poesía como un trabajo ni los versos como mercancía, quizás por eso ellos viven holgadamente de lo que escriben y yo ando mendigando de revista en revista para llegar a fin de mes.

            Tomé asiento en una mesa situada a una distancia intermedia, perfecta para pasar desapercibido, sin tener que saludar, pero que me permitiese escuchar lo que decían. Al fin y al cabo, no había venido hasta aquí solo para tomar y mirar la luna, estaba aquí para seguir la pista de la señoritacafetin Fusté o Arenales, o como diantres se llamase. Cuando vino el metre, ahora, sí, le pedí un whisky con hielo y me centré en la conversación de mis colegas. Eran tres, a dos de ellos los conocía, uno era el tan pagado de sí mismo, Faustino Huidobro (nada que ver con el gran Vicente), el otro, su inseparable acompañante, Raúl Garay, más discreto y mejor poeta que el primero, pero tan ávido de dólares como todos, a su lado, el tercero en discordia, un esbelto inglesito rubio, de ojos claros, que miraba a ambos con admiración. Sin apenas esfuerzo, pude intuir de lo que hablaban. Todo el mundo en Buenos Aires hablaba de lo mismo desde hacía ya tres días:

             – Pobre Celestino, sus poemas no eran muy de mi gusto, pero nadie merece morir así, carajo. – Bueno, ya se sabe que quien arriesga puede quemarse el culo. Hay que saber siempre con quien te la juegas. – ¿Tú también piensas que fue por eso? – ¿Y qué si no? Todo el mundo sabe que andaba enamorándose de esa putita mejicana y todo el mundo sabe que si te enamoras de una puta te la juegas a que venga su papito a cobrarte lo fiado. El jugó y se lo perdió todo. – No sé, mi querido Faustino, en estos temas nada es como parece, aunque yo descartaría por completo la hipótesis del suicidio, yo lo conocía personalmente y si algo puedo decir del bueno de Celestino Rubio, es que el muy pelotudo amaba la vida por encima de todo. -En todo caso, una desgracia ¿Quieres otro traguito? – Sea. Brindemos por Celestino Rubio y por la poesía argentina. – Al carajo los muertos, brindemos por nosotros. Nosotros somos la poesía argentina.

            Celestino Rubio, uno de los abanderados de la nueva vanguardia poética argentina, apareció con un enorme tajo en el cuello y sobre una cama, completamente encarnada por su sangre, en un pequeño hotel casi en las lindes del barrio de San Telmo, la comunidad estaba consternada y, ciertamente, no era para menos, pero, en todo caso, no era un tema sobre el que me apeteciese escuchar hablar, así que, cuando pasó el tiempo prudencial, terminé mi whisky y salí huyendo de allí, no quería que nada enturbiase mi ilusión, de modo que pagué y seguí mi itinerario.

            Recorrí, hasta su desembocadura, la calle Ancha y llegué hasta la plaza de Santa Clara, la misma en la que cada mañana de domingo, se colocaba el mercado de flores de San Telmo. Era un amplísimo rectángulo cerrado por las coloridas fachadas de los edificios que la cercaban, en cuyos bajos se disponían los locales más interesantes de la ciudad. image5En ellos se distraían, bebían y bailaban todas aquellas personas interesantes de Buenos Aires y aquellas, que jugaban a parecerlo, si no estabas allí, no existías, podía resultar triste, pero en ciertos campos y más aún, en los círculos artísticos, las influencias lo son todo y en la plaza de Santa Clara, al caer el sol, no se mercadeaba precisamente con flores, sino con egos, intenciones e influencias. Si querías ser alguien, tenías que dejarte ver por allí y si andabas buscando a alguien, aquel era el primer lugar donde buscar.

            Me decanté por el “Bombay”, quizás atraído por un cartel donde anunciaban música en directo. Cuando entré, las mesas ya habían sido retiradas y una bandita de jazz amenizaba el ambiente, algunas almas descarriadas o simplemente desubicadas, ya comenzaban a bailar, aunque a decir verdad, la atmósfera aun no invitaba a ello o, quizás, aun no había bebido lo suficiente. Recorrí el club con la vista analizando los detalles, como si fuera un verdadero detective y localicé un huequito en la barra, donde podría estar cómodo, fui hasta allí, pedí otro whisky y me coloqué en dirección a los músicos, sin dar la espalda ni a la camarera ni a los demás clientes. Fue entonces cuando alguien posó su mano en mi hombro derecho y al girarme descubrí, con alegría, de quien se trataba. Era Luiso Rivera, uno de los pocos poetas argentinos al que podía considerar mi amigo, estudió conmigo en la Facultad de Filosofía y Letras. Ven acá cabronazo – me dijo. -tómate algo conmigo, por los viejos tiempos. – Y tanto que tomamos. Nos enzarzamos en una conversación maravillosa, sobre nuestros años de revolución y juventud universitarias y perdí la cuenta de lo consumido. Sólo sé que pagaba él y que en cierto momento que estimé propició, le expliqué por qué estaba allí aquella noche:

           – Luiso, ¿has estado alguna vez enamorado de alguien a quien ni siquiera has visto? ¿De quién no conoces ni su rostro? – Ay, cabrón, ¿qué te traes entre manos? ¿Una mina te amarró bien esta vez? – Pues no lo sé Luiso, creo que me estoy obsesionando. – ¿Y quién es la afortunada si puede saberse? – Lo único que sé de ella es que se llama Luna Fusté o Mar Arenales, que escribe con destreza y que trabajó durante un mes en la pensión “Mexico”. – ¿En la Mexico? Yo estuve allí hace dos semanas con un amigo, durante dos días. Creo que sé quién puede ser. Yo mismo me fijé en ella. Ya sabes de qué bando soy en cuestiones de cama, pero, aquella chica consiguió atraerme. Tenía algo. Era un animal herido y me fijé en que pasaba las noches en recepción escribiendo en un cuadernito negro hasta que salía el sol y se hacía invisible. – Un cuadernito, ¡Maldita sea, Luiso! ¡Dime algo más! ¡Cómo era esa chica! – Tranquilo Vicentito, te va a dar algo, mi vida… Pues era bastante guapa, alta, de complexión fuerte, melena morena y rizada. Tenía una feminidad triste y nunca iba arreglada, siempre la vi con la cara lavada y tenía una piel tersa… Bueno ya sabes que soy muy observador para estas cosas… También me pareció que en sus ojos había algo, quizás guardaban algún misterio… De su voz apenas recuerdo el timbre, pues, al contrario que su compañero Óscar, era muy discreta y silenciosa, lo cual en ese tipo de lugares siempre se agradece… En definitiva, como te acabo de decir, la chica era especial y tenía un embrujo al que era difícil no prestar atención. – ¡Dios te bendiga, Luiso! ¡Joder, qué Dios te bendiga! (le dije mientras besaba paternalmente su frente) – ¡Vaya! Si llego a saber que ibas a salirte de tu habitual corrección te lo hubiera contado antes.

            Con el corazón explotando en el pecho, salí hacia la puerta y encendí un cigarro con mis manos temblorosas, necesitaba un poco de aire fresco, necesitaba poner en orden mis sentimientos. Apenas tenía nada acerca de su paradero, pero, ahora, por fin, gracias al espíritu analítico de Luiso Rivera, podía colorear mi desvarío y dejar de perseguir a un fantasma. De repente sentí que estaba en el buen camino, que toda aquella locura a la que llegué en un impulso, tenía cierto sentido y supe, que Luna Fusté era tal y como la había imaginado. En ese momento, miré hacia el cielo y pude ver como una nube perdida de su manada, ocultaba la luna que contorneaba sus perfiles en la noche de Buenos Aires. Un escalofrío invadió mi cuerpo y por un instante sentí frío. Di media vuelta, tiré el cigarrillo y volví a entrar para despedirme de Luiso. Una vez dentro, lo encontré justo a un metro de la puerta colocándose el sombrero. -Venga, sigamos con la farra en otro sitio. Celebremos lo de tu noviecita. – Me dijo. – No es mi novia, Luiso, apenas sé cómo es su cara. – A Luiso sólo le importaba cambiar de aires e ir a bailar un rato, de modo que, aunque, en principio, no entraba en mis planes, lo acompañé. Abandonamos el “Bombay” y salimos a la plaza, mi reloj decía que eran cerca de las tres, hora que se me antojó perfecta para subir un peldaño más de esta incierta escalera. Mi intención era proponerle a Luiso un lugar al que ir a bailar y a conocer gente, pero, cuando me quise dar cuenta, ya era demasiado tarde, Mi amigo caminaba resuelto, atravesando la plaza y avanzando con determinación hacia el mismo lugar que yo iba a proponerle.

            El “Lolita” era el centro del universo, un lugar para el pecado, un maravilloso refugio regido por las leyes de la lolitanoche, era Sodoma un segundo antes del fuego y el azufre, el mercado de las vanidades, una Venecia encallada en la que todo tenía un precio y nada era imposible. En el aire flotaba una bruma invisible que entremezclaba en su interior el vapor etílico, el sudor y las ansias de carne. Animales mitológicos, virtuosos del disfraz, mercaderes de ilusiones… El carnaval, la lujuria, el dinero y la música. El tabaco, los tacones, una mirada, un sueño… El deseo, la impotencia y la libertad.

            Una vez dentro, no tardé mucho en perder de vista, entre la multitud, a Luiso. Lo vi adentrarse, como poseído, en la sensual maraña de cuerpos que abarrotaba la pista de baile. En ese momento, no me vi capaz de seguirlo y decidí sentarme en un pequeño escalón debajo de la ventanilla del ropero. En aquel instante, me sentí como un extraño, completamente desubicado. El motivo por el que había llegado hasta allí, parecía disiparse y yo, en mi fuero interno, luchaba por mantener viva la esperanza de encontrarla. Quizás, desde un principio, sabía que era imposible, pero mi vida siempre ha sido un imposible. Conozco esta sensación, aunque he de reconocer que en aquel momento lo hubiese dejado todo y hubiese huido de allí, sin embargo, no hubo tiempo para más cavilaciones, cuando alcé la vista, hasta ese momento fija en mis zapatos, vi a diez metros de mí el enorme corpachón de Luiso Rivera esquivando brazos y piernas y levantando al cielo dos copas. – ¡Vamos anciano! – me gritó mientras se acercaba hacia mí. Apoyó su cóctel y mi whisky en una mesa cercana, me agarró por las pecheras, me levantó con fuerza y me susurró al oído – Presiento que no puede estar lejos. Hoy vas a encontrar a tu princesa. – No me dio tiempo a pensar, me agarró del brazo y me llevó a empujones hasta las profundidades del local. Hasta ese momento, no había caído en la cuenta de lo borracho que estaba, pero ya nada importaba, de repente, la música hacía retumbar mi caja torácica y mis pies flotaban. Justo antes de cerrar los ojos y dejarme llevar vi la sonrisa orgullosa de Luiso y pensé – ¡Al carajo todo!

            No tardé en romper a sudar, todo el mundo estaba sudando, pero era maravilloso, éramos como indígenas de una tribu perdida invocando a la lluvia. Enseguida advertí el interés que despertaba en alguna de las chicas que bailaban a mi alrededor y también, cómo Luiso entablaba conversación con un morochito hermoso, al que, seguramente, doblaba en edad. Una de las chicas se acercó a mí y me preguntó algo que no pude escuchar con precisión, el ruido era ensordecedor, yo le dediqué una sonrisa prefabricada que, al parecer le satisfizo. Era realmente hermosa, de cabellos dorados y piel translúcida, probablemente inglesa y con seguridad borracha. Bailamos sin mediar palabra durante, al menos, quince minutos, transcurridos los cuales le dije que iba a por otro whisky. Sólo quería sacármela de encima. Cuando pude alcanzar la barra y mirar desde allí hacia la pista, pude verla abrazada a un lugareño afortunado que la estaba perforando con su lengua como quien busca petróleo en una tierra virgen. Me sentí aliviado y volví a pensar en Luna Fusté. Decidí colocarme discretamente en la barra e intentar recabar información al respecto. Al principio lo intenté con la camarera pero era prácticamente imposible dialogar con ella, iba y venía entre los clientes que querían consumir y apenas podía detenerse un segundo, de modo que, decidí armarme de paciencia y esperar a que la cosa se calmara. Al cabo de unos minutos una chica se sentó a mi lado y sin dudarlo me preguntó…

            ¿Eres escritor? – Podría decirse que sí. – Contesté yo. – Me encantan los escritores y ¿eres del barrio, guapo? – No soy de ningún barrio ¿y tú? ¿Vives en San Telmo? – Digamos que sólo por la noche, cuando amanece desaparezco. – Todo el mundo huye de San Telmo cuando sale el sol. – ¿Qué te trae por aquí? Pareces preocupado – Busco a una persona entre un millón. Una chica de tu edad. – ¿Sí? ¿De quién se trata? Si es de mi edad y vive por aquí, casi seguro, que la conozco. – No sé donde vive. Sólo sé que trabajó durante un mes en la pensión “México”, que se llama Mar Arenales o Luna Fusté y que es alta, morena y hermosa. O al menos, eso creo. – ¡Órale! ¿En la pensión México, dices? Ha de ser Lunita, sí. – ¿¡La conoces!? – La conocí más bien, estudió conmigo en la Facultad, era un curso menor que yo y desde el principio hicimos amistad, compartíamos el mismo trayecto de autobús y casi todas las mañanas nos sentábamos juntas y charlábamos, sobre política y sobre libros que ambas habíamos leído. Ella era una lectora voraz y me consta que también escribía y lo hacía muy bien. En ocasiones (contadas) me permitía leer fragmentos de lo que, algún día serían sus novelas y debo confesar que eran altamente atrayentes. No era desorbitado pensar que, aquella chica, llegaría lejos en el mundo de la literatura… Sin embargo, conforme pasaban los años y Lunita iba pasando cursos, su ilusión por la escritura iba decreciendo, decía haberse recorrido todas las editoriales de Buenos Aires más de cien veces y jamás logró publicar nada. Al parecer, un poeta, antiguo novio suyo, nunca superó que ella decidiese terminar con la relación y le estaba haciendo la vida imposible, moviendo sus hilos allá donde fuese posible para desacreditar cada párrafo de Luna. Ella, cada vez que yo le preguntaba, me decía que jamás se rendiría, que, tarde o temprano, ella sonreiría y su talento se impondría sobre la injusticia. A menudo, la oí hablar de tal novelista o tal poeta a los que calificaba de vendidos y de lameculos. Ella despreciaba el sistema, pero, querido, en aquella Argentina, no publicaba ni San Pedro sin arrodillarse primero. Al poco tiempo, ella comenzó a faltar a clase y comencé a verla siempre rodeada de gente extraña, cambió su forma de vestir y de actuar y desapareció de mi vida… Tras más de diez años sin saber de ella, alguien me dijo que había comenzado a trabajar justo en la “México” y casualidades de esta vida, justo ahora, tengo enfrente a un escritor preguntando por ella. El mundo es una puta noria. – ¿Cuál es tu nombre? – Dulce. – Yo me llamo Vicente Whitman y si me lo permites te diré algo que la vida me ha enseñado: las casualidades no existen.

            Antes de que pudiese reaccionar y, pese a que conversar con ella era igual que hacerlo con un ángel, decidí salir a la calle a fumar un cigarrillo y a aclarar mis ideas. Me despedí de Dulce, pagué su bebida y la invité a volver a vernos algún día. Ella aceptó y dejó que me fuese, como quien acepta que ha perdido un tren.

            Una vez en la calle, me sentí tranquilo, reconozco que las cosas estaban saliendo mejor de lo previsto, no imaginaba haberme topado nada más llegar con dos personas que supieran decirme algo sobre Luna. Estaba dispuesto a subir la apuesta y me sentía cada vez más cerca del final. Cada vez más cerca de mi dulce encuentro, el cielo se había cubierto por completo y el tiempo dio un cambio brusco, la gente que alborotada iba de un lado para otro de la plaza ignoraba este hecho, pero al fondo, sobre el Atlántico, se dibujaba una tormenta. Reconozco que en aquel preciso momento, la sentí lejana, como una tormenta prehistórica anclada en el tiempo, que se aproximaba desde el horizonte como un elefante que busca su cementerio. Por un momento deseé la lluvia. Me sentí libre. Me sentí más fuerte que el propio cielo.

            Cuando conseguí salir de mi ensimismamiento miré el reloj de Santa Clara e indicaba las cinco en punto. Esta vez, lo había decidido. Iba a entrar al “Lolita” e iba e despedirme definitivamente del bueno de Luiso. Tendría que mostrar determinación para que no lograse convencerme, pero si quería continuar mi búsqueda sólo, tenía que hacerlo, de modo que, sin pensarlo más, me dirigí hacia la puerta cuando, de repente, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Dos miembros de la seguridad del club asían por los brazos el cuerpo entumecido de Luiso Rivera. Había bebido hasta la saciedad, como casi todas las noche, y traía los ojos en blanco y el rostro de la muerte – ¡Te mato, cabronazo! ¡Te mató! – Comencé a gritarle. Yo estaba muy enfadado, hacía tiempo que no estaba tan enfadado – Él apenas podía emitir ruidos inteligibles. Los dos gorilas tuvieron la gentileza de dejármelo allí, tirado, en mitad de la plaza y yo tuve que tragarme el pastel. Aun no sé como lo conseguimos, pero, con la ayuda del chófer, conseguimos meterlo en un taxi y encaminarnos hasta el hospital más cercano. Vomitó tres veces antes de llegar. La primera sobre la tapicería (al dueño hube de pagarle un generoso extra en concepto de daños y perjuicios) las dos posteriores por la ventanilla. Cuando llegamos, conseguimos colocarlo en una silla de ruedas y adentrarlo en la sala de espera. Su aspecto era lamentable. El mío tampoco era mucho mejor. Estaba manchado de vómito y llevaba la camisa abierta, el espectáculo no era apto para niños, aunque a esas horas, apenas había nadie en urgencias. Al cabo de unos minutos, empezó a sentirse mejor y yo le decía – ¿estarás contento no Luisín? La concha de tu madre, cabronazo – y él contestaba – ¡Ay! ¡Ay! ¿Dónde está mi madre? ¿Quiero irme a casa? Así pasamos las últimas horas de aquella noche de sábado. Esperando a que se consumiesen las dos botellas de suero que el médico había prescrito para Luiso. Viendo como la claridad comenzaba a inundarlo todo y, en mi caso, contemplando como mi esperanza se desdibujaba. Había estado muy cerca de algo que quizás ni siquiera existiese, pero al fin y al cabo, en eso consiste la ilusión ¿no? En enamorarse de un reflejo, de un fantasma, de un engaño y en ir tras él para poseerlo o para ver como se te escapa entre los dedos.

            Cuando el médico nos dijo que podíamos marcharnos, llamé a un taxi y le indiqué la dirección de Luiso. Estuvo durante todo el trayecto dormido, de modo que, cuando llegamos al destino, lo desperté cuidadosamente y le ayude a salir, con paciencia conseguí que anduviese y al llegar a la puerta tantee en sus bolsillos hasta encontrar la llave, gracias a Dios, aún las conservaba. Los catorce escalones que separaban la planta baja de la primera, donde él vivía, me parecieron una tortura atroz, pero, al final, lo conseguimos, tuve que acompañarlo hasta su cuarto y arroparlo como a un niño de diez años. Quedó profundamente dormido en cuestión de segundos o, al menos, eso parecía en principio, porque, cuando ya estaba saliendo de su habitación, aún tuvo fuerzas para decir con voz de ultratumba – Te quiero Vicentito – al oírlo sentí una inmensa ternura por él y no pude más que contestarle – Descansa Luiso, ha sido una noche muy larga.

            Cuando abandoné su casa la claridad incipiente del nuevo día se me antojó como el fin de todas las cosas y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente sólo. Sólo con la soledad de quien no tiene adonde ir. Con la juventud y la fuerza, pero sin el espíritu, mi cuerpo, hueco de vida, se movía empujado por fuerzas ignotas hacia un futuro que nacería muerto. Me dejaba arrastrar hasta un lugar donde abandonar mis huesos. De pronto sentí un cansancio homérico y una necesidad desmesurada de dormir, estaba llegando a la pensión “Lupita”jardin y decidí tumbarme a dormir en un jardín cercano. Al menos, eso es lo último que puedo recordar, porque, casi inevitable e instantáneamente, quedé sumido en un profundo sueño.

            Debieron pasar dos o tres horas hasta que sentí que alguien me despertaba y, sobresaltado, me puse de rodillas y miré en todas las direcciones, estaba tremendamente desorientado, tenía frio y no sabía muy bien donde estaba. Enfrente de mí, a menos de un metro, una mujer alta y morena me contemplaba con una mezcla de ternura y paciencia en los ojos. Poco a poco fui recobrando la cordura y distinguiendo el sueño de la realidad. Cuando la miré a los ojos sentí un escalofrío recorriéndome el cuerpo y con mucho esfuerzo logré balbucear…

        – ¿Quién eres? – ¿A quién puede importarle quién sea yo? – ¿Te conozco? ¿Por qué me has despertado? – La última vez que te vi, tambíén estabas dormido, pero, a decir verdad, te prefiero desnudo. – No sé de qué me hablas. – Déjame decirte una cosa. Cuando de verdad deseas algo con las entrañas, la esperanza jamás desaparece. Podrás enterrarla en lo más profundo de la tierra, pero no podrás destruirla. Podrás llegar a creer que has olvidado el dolor, pero algún día, una melodía, la simple brisa del mar o el destello de la luna, lo harán brotar y tus heridas volverán a cumplir su cometido y sangrarás por ellas. Sangrarás por cada desencanto, por cada día perdido y por cada beso robado. Sangrarás como mortal, hasta tu última gota de vida. La misma  vida que jamás llegaste a comprender. – La libreta, claro, entraste en mi habitación, mientras dormía, para recuperarla… ¡Oh, Dios! Llevo toda la noche buscándote. – ¿Y tan sólo por tenerme delante piensas que me has encontrado? – Luna Fusté, Mar Arenales… Ni siquiera sé tu nombre y, sin embargo, tengo la sensación de conocerte desde hace años. – ¿Qué importan los nombres? Llámame como tú quieras. – Luna, te llamaré Luna. – De acuerdo, Vicente, Vicente Whitman. – ¿Cómo sabes mi nombre? – Yo sé muchas cosas. Demasiadas, quizás.

            Sin esperar mi respuesta, me tendió la mano y me invitó a desayunar y al tocarla por vez primera, supe que, efectivamente, todo aquello, no era un sueño. Su piel era tal y como Luiso la describió. Me levanté, la miré a los ojos y sin estropear aquel maravilloso silencio comencé a caminar a su lado, hasta que nuestros cuerpos, desaparecieron por entre las callejuelas. Un poco confundidos y, a la vez, agradecidos. Como dos extraños que se encuentran en el fin del mundo.

            Anduvimos despreocupados por las entrañas de San Telmo durante un tiempo que no sabría precisar. Obviamos las calles más céntricas y avanzamos en dirección al puerto, sin detenernos a mirar atrás, parecíamoscalle huir de algo o de alguien, ni siquiera nos mirábamos, ninguno de los dos habló y de esta manera, abandonamos el barrio de los escritores (como algunos llamaban a San Telmo) y nos adentramos en Puerto Madero. Reconozco que estaba en una nube y aunque ya casi me había recuperado del sobresalto del encuentro, me deslizaba por el piso flotando y dejándome guiar por Luna, que caminaba con aire resuelto y las ideas claras. Ella sí sabía a dónde ir.

            En pocos minutos, yo también lo supe. Llegamos a una pequeña pensioncita con aire de refugio de pescadores, llamada “La Barca”, era el tercer hostal, pensión o fonda donde me alojaba en menos de cuarenta y ocho horas, pero, adoro ir de un sitio a otro, el olor de los hoteles antiguos y la libertad que te proporcionan. Subimos directamente a la habitación, sin cruzar palabra con el recepcionista, un sesentón grueso y grasiento con el pelo tintado, al llegar a la puerta, deslizar la llave en la cerradura y acceder al interior, pude ver como las, hasta ahora agitadas facciones del rostro de Luna, se relajaban, como si por primera vez en el día, se sintiese a salvo de algún peligro. Recuerdo que yo, como es habitual en mí, me dirigí hacia la luz que entraba por la ventana, como los mosquitos acuden a las farolas en verano, estuve contemplando absorto durante unos segundos una pequeña franja de océano que resaltaba entre las fachadas de dos edificios contiguos. Cuando decidí volver a la realidad, me giré y volví a nacer, sólo una vieja cama, situada entre los dos, me separaba de una visión inolvidable. Ante mí, Luna Fusté, completamente desnuda, me miraba a los ojos, con la seguridad de una leona que se enfrenta a una joven gacela herida. Su cuerpo era sereno, sus formas eran pacíficas y acogedoras, el pelo le descansaba ténuemente sobre los hombros y sus senos redondos y pequeños me acusaban de algún mal. Me deshice de mi ropa casi arrancándomela y fui hacia ella como quien encuentra agua en el desierto. Nuestros cuerpos colisionaron como dos planetas fuera de órbita. Aquella chica no practicaba sexo, no hacía el amor, no mostraba cariño alguno, era un animal desesperado, era toda la selva. Estuvimos combatiendo sin tregua durante horas, que me parecieron minutos, que me parecieron siglos. Me pareció morir, me pareció resucitar. Sentí con los ojos, las uñas y los dientes. Fue titánico y maravilloso. Un espectáculo ancestral. Una danza original.

            Cuando llegó la calma, el Domingo había comenzado a atardecer, desde la ventana se veía el cielo en llamas de Buenos Aires y se me antojó que estaba en el infierno, fue justo entonces cuando me fijé en un pequeño tatuaje que Luna lucía en el pubis, por encima de la ingle derecha, un lugar sólo accesible para afortunados como yo y, por lo tanto, muy discreto (como todo en Luna) En él aparecía una pequeña alfa griega atravesada por una daga. Me llamó la atención pero preferí no hablar del tema, sin embargo, a esas alturas, había ciertas dudas que anhelaba resolver, de modo que rompiendo el silencio le pregunté:

             – Luna ¿Por qué sabías mi nombre? – Yo conozco a todos los escritores de Buenos Aires. – Tú también eres escritora, he leído tu libreta (en ese momento obvié mi encuentro con Dulce, su compañera de Facultad). – Tu madre no te enseño a no tocar lo que no es tuyo. – Lo siento, me pudo la curiosidad. – No importa, al fin y al cabo me satisface tener algún lector de vez en cuando, pero no vuelvas a llamarme escritora. Yo no soy una escritora, yo detesto a los escritores. – Lo siento, no era mi intención ofenderte. – ¿Sabes? Hubo un tiempo en el que fui escritora, pero ahora no. Ahora el simple hecho de oír esa palabra me encoleriza. Yo conocí a muchos escritores y aun los conozco pero, ya no soy uno de ellos, al contrario, los detesto. Me produce nauseas la manera en la que aquellos que se vanaglorian de ser escritores venden su alma, su pluma y sus versos a cambio de una posición mejor en la carrera. Ellos colocan su ego por encima de las letras, el dinero y las influencias por encima de la esencia, la vulgaridad por encima del arte y yo, en ocasiones, le pido a los dioses que hagan desaparecer a esa calaña de la tierra, pero los dioses siempre están ocupados y no escuchan a quienes no encuentran la salida. No hay lugar para los locos en el reino de los cielos.

            Tras aquellas delirantes palabras se hizo un silencio tenebroso, como si hubiésemos aparecido en el fondo de un pozo olvidado. Por la ventana, entraba el resonar de las olas y las gaviotas, pero, en nuestra habitación, sólo había silencio. Silencio negro y vacío. Silencio que, de repente, alguien rompió llamando a la puerta con los nudillos. Yo me sobresalté; Luna ni se inmutó. Al otro lado, la voz de alguien, al que identificamos como el recepcionista, retumbó indiscreta: – Señora Legazpi ¿desea usted cenar? – Se lo agradezco, pero no tengo hambre. Contestó Luna – Me quedé sorprendido, era el tercer nombre que le conocía, parecía cambiar de nombre como las serpientes mudan la piel. Todo en ella era enigmático y he de reconocer que su embrujo hacía horas que me había seducido. No sé si aquello que sentía podía llamarse amor, pero, lo cierto, es que estaba atenazado por su influjo, necesitaba estar cerca del tibio calor que desprendía su cuerpo y en cuanto vi la oportunidad, volví a besarla. Ninguno de los dos teníamos hambre, sin embargo, comenzamos, de nuevo, a devorarnos.

            Así, pasamos las horas, sucumbiendo a los instintos, hasta la extenuación, hasta quedar sin aliento y dormidos. Dormidos al alcance de la brisa que soplaba desde el puerto y hechizados por los sonidos de la noche. A la mañana siguiente, las bocanadas de sol que entraban por la ventana, me hicieron despertar, pero Luna ya no estaba. Había vuelto a ocurrir. Una vez más, aquella hija de la noche desaparecía al llegar el sol. Me incorporé sobre la cama y miré alrededor, no podía creerlo, me negaba a asumir que estuviese sólo en aquella habitación desangelada, me levanté, abrí la puerta, salí al pasillo y ni rastro de Luna. Volví a entrar y me derrumbé sobre la cama, el techo se me venía encima en aquella mañana de lunes, mientras en la calle ya se escuchaba el sonido de la labor diaria, mi ánimo era el de frenar en seco el mundo. En un orgulloso arrebato cogí mi ropa del suelo me vestí y salí de aquella habitación. No quería saber nada, no quería hablar con nadie, pero antes de salir a la calle el recepcionista me llamó: -¡Disculpe, caballero! la señora Legazpi me dejó esto para usted. – Gracias, le contesté y mi semblante cambió por completo. Luna Fusté había vuelto a desaparecer, pero ahora quiso dejar en mis manos su libreta. Su querida libreta negra. En aquel momento no logré comprender por qué.

            De camino, nuevamente a la pensión “Lupita” fui, como un autómata, leyendo una a una cada página, escrutando minuciosamente cada línea y no encontré nada que no hubiese visto la noche pasada (pese a mi estado de embriaguez) Así iba caminando y leyendo a la vez, parándome de vez en cuando, hasta que llegué a la última página. Una página que Luna había escrito única y exclusivamente para mí, con la intención de hacerme llegar una información concreta. En ella aparecía otra vez ese símbolo, el mismo que ella llevaba tatuado en su pubis, una alfa ensartada, y justo debajo unas coordenadas: 34º 36” 00′ S / 58º 22” 00′ W , aquello era demasiado para mí, en aquel momento, mi pobre cerebro no daba más de sí, decidí image1que iba a intentar pensar en otra cosa, (como si eso fuese posible) llegar lo antes posible a mi pensión, tomar un buen desayuno, ducharme tranquilamente y dedicarme a escribir como si no hubiese pasado nada, de modo que, aligeré el paso y llegué sobre las diez al “Lupita”, me senté en su pequeño salón comedor y pedí café y tostadas. Tenía hambre, pero estaba emocionalmente saturado y mis movimientos eran lentos e imprecisos, tarde más de media hora en terminar, la mirada ausente y la mente en blanco, cuando salí del letargo me levanté, cogí el periódico, pagué y subí a mi habitación. Al llegar todo estaba tal y como lo dejé antes de salir aquella noche de Sábado, antes de que la historia me trajese hasta este punto. Dejé el periódico sobre la mesita, me desnudé y tomé una ducha eterna. No sé cuánto tiempo estuve debajo del chorro. Me negaba a salir, era como si la realidad me resultase extraña, de modo que hasta que no tuve el valor para afrontarla no dejé el cuarto de baño, una vez fuera y mucho más relajado, cogí unos folios, mi bolígrafo y el periódico y me senté en la misma vieja silla metálica del Sábado anterior, llevaba cerca de una semana sin saber absolutamente nada del mundo exterior, de modo que, desplegué el diario y empecé a leer su portada. No podía creer lo que veían mis ojos, el titular decía así:

MUERE ASESINADO EL POETA FAUSTINO HUIDOBRO.

 

            Todo apunta a que se trata de otra víctima del ya denominado “asesino de escritores” puesto que se encontró junto al cadáver, tal y como ya ocurriese en el caso de Celestino Rubio, el distintivo, a modo de firma, de este presunto asesino en serie, una especie de letra griega alfa ensartada por un puñal. Queda acordonada la zona y la policía continúa sus investigaciones.

 

EPÍLOGO

            Hasta que no llegó la noche, no fui capaz de enfrentarme con el mensaje de Luna Fusté. Comprendan cual era mi estado en aquellos momentos. No sabía muy bien en qué acabaría esta pesadilla. Estuve encerrado en mi habitación sin querer salir hasta que se fue el sol. Tumbado en la cama, deseando que la tierra me tragase y recuerdo que en un momento de lucidez, en un arrebato místico y valiente, me levante y comencé a vestirme, salí al balcón y busque la luna como la buscaría un lobo. Allí estaba, guardando mis pasos, llenándome de paz, en ese momento pensé en la cara oculta de la luna y decidí lanzarme hacia la verdad, descendí hasta la planta baja y, en un descuido del recepcionista, utilicé su ordenador para averiguar con qué lugar se correspondían las coordenadas. El lugar, al parecer, se encontraba en un punto remoto junto al mar en el puerto, en Puerto Madero. Volví a releer la libreta y vi que, tras la página donde Luna me indicaba las coordenadas, había otra frase. “Diez pasos al sur desde donde la luna brilla con fuerza” Entre desorientado e ilusionado lo dejé todo tras de mí y volé en dirección al mar. Tenía una intuición.

            Tarde menos de diez minutos en llegar y me dirigí directo a un acantilado en los límites del puerto, un lugar que siempre me había fascinado y en el que llegué a imaginarme, alguna vez, con Luna, disfrutando del batir del mar contra las rocas. Algo me decía que no podía ser otro el lugar indicado. Una vez allí, me coloqué frente al mar, luego me giré y mire hacia atrás, había un viejo merendero abandonado, en cuyas cristaleras se reflejaba la luna con toda su fuerza. Desde el momento en que leí aquella frase, supe que aquel era el lugar. Me alineé con la luna y su reflejo y di diez pasos hacia el sur. Justo al apoyar el pie y coincidiendo con el décimo paso, una loseta tembló bajo mis zapatos, me agaché como poseído por la fiebre del oro y desplacé la pesada losa. Tras ella, mis ojos, abiertos como faros, encontraron un paquete mal embalado, lo cogí, me resguarde, me aseguré de que no había nadie alrededor y lo abrí con cuidado. Se trataba de un legajo de folios humildemente encuadernado, era, sin duda, una novela escrita a máquina y firmada por Luna Fusté. Cuando terminé de examinarla por encima, advertí que unida a su dorso había otra nota. Una nota en la que, controlando a duras penas la emoción, pude leer:

A Vicente Whitman.

 

            Querido Vicente, sé que apenas me llegaste a conocer y te pido perdón, debes entender que mi vida es una constante huida, no sé de qué ni hacia dónde, pero huyo desde hace muchos años. Yo sí te conozco a ti y sé que no eres como los demás. Tú eres puro y puras son tus intenciones y como ya te dije en una ocasión, la esperanza jamás desaparece. Yo quise enterrarla bajo el dolor y la tragedia, pero, cuando te vi comprendí mi error. Ahora sé que tú lucharás por mi sueño con las fuerzas que yo ya no tengo. Te pido que guardes mi novela e intentes sacarla a la luz cuando consideres oportuno. Quizás, pronto encuentres la oportunidad de hacerlo. No sufras por mí, sé que pude haber sido feliz a tu lado, y sé que nunca olvidaré nuestras horas juntos, pero, una vez más, elegí la opción difícil. Para ciertas personas, esa es siempre la única opción.

 Luna Fusté.

fin

 

 

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