La leyenda de la ciudad sin muerte

Gozaban abrazados y felices, como cada quince de septiembre, los habitantes de Ciudad Blanca, dos niñas con divertidos ramilletesmargaritas de margaritas en el pelo revoloteaban persiguiendo a un gato, los ancianos con tierna torpeza y en pareja danzaban viejas canciones tradicionales, y los jóvenes y no tan jóvenes buscaban la atención de sus semejantes con el habitual juego de miradas y gestos frustrados. Todos vestidos de puro blanco, giraban sobre sí mismos en un estado de inmensa felicidad, en la ciudad sin muerte no había lugar para la angustia, sobraba el alimento, la música nunca era estridente y la calma reinaba incluso durante las tormentas. Ninguno de los allí presentes conocía el dolor.

                En dicha fecha y aprovechando el comienzo de la temporada de recogida de la mora (producto típico de la comarca) los blanquianos rememoraban el día del “Amanecer”, el día en que todo empezó, el sagrado momento en el que los dioses, allá en un pasado primitivo e incierto, otorgaron la felicidad eterna al rey Haral. Un periodo atroz y extenso de brutales guerras precedieron al pacto sagrado mediante el cual y tras un periodo de deliberación que duró más de tres meses (y que recibió para la posteridad el nombre de “Jornadas del amor”) todos los habitantes de Blanquia se comprometieron a entregar su amor a cambio de cualquier conocimiento sobre la muerte. Todos seguirían muriendo, sí, pero desde aquel momento original la muerte sería algo lejano y borrado absolutamente de la memoria común, algo natural, algo animal. Ningún habitante de aquellas tierras podría tener miedo a la muerte, porque ésta constituiría un concepto desconocido para él. La muerte pasaría a ser tan solo una palabra, cuya mención sería incapaz de crear angustia, tristeza o melancolía. La Ciudad Blanca sería, desde entonces, un lugar despojado de oscuridad y rediseñado para fluir por él sin la necesidad de mirar al cielo, de buscar un camino o de pensar en el ayer.

                A cambio, todos estos hombres sacrificaron algo que consideraron menos importante que vivir sin miedo: el Amor. Amor en cualquiera de sus formas, entre hermanos, entre amigos, entre iguales o distintos, entre el hombre y la naturaleza o los conceptos que lo inspiran, el amor en todas sus dimensiones e intensidades. Nunca más el amor. La amputación absoluta de la capacidad para albergar, recibir y otorgar amor hasta entonces tan característica del ser humano previo al gran “Amanecer”. Desde ese día ningún rostro volvió a torcer el gesto y los corazones “desintoxicados” de sufrimiento siguieron latiendo a través de los milenios sin sentir en su batir más perturbación que aquella que siente la piel cuando la acaricia el viento, o el estómago cuando vence al ayuno.

                Todos los días desde aquel sagrado pacto eran igualmente felices y hoy no iba a ser menos. Todo estaba preparado, la comida dispuesta sobre las largas mesas de madera de abedul vestidas con humildes manteles blancos, las guirnaldas y los adornos colgando sobre la pradera que relucía frondosa de un verde ya maduro, la banda ultimando los preparativos y dando los últimos retoques a la afinación de los instrumentos… todos presentes, como cada año, para escuchar el discurso real y el homenaje al gran “Amanecer Blanco” , todos unidos bajo un mismo sentimiento, llamémoslo así, sin importar en exceso la anatomía del mismo.

                El actual rey de Ciudad Blanca, el rey Horbas III, heredero a través de la historia de su ancestro el mítico rey Haral I “El Blanco” se mantenía erguido y orgulloso frente a la escalera que subía hasta el púlpito desde el que oraría a sus conciudadanos, mientras sus ayudantes le adecentaban, aún más, las inmaculadas ropas, soplaba viento cálido del sur y la gente guardaba un respetuoso silencio. Horbas  atacó los peldaños, ascendió a la parte superior de la estructura de madera y con regia solemnidad comenzó dirigiéndose a su pueblo: – Habitantes de Ciudad Blanca, queridos hermanos, un año más nos encontramos aquí reunidos para honrar a nuestros ancestros y colmar de alabanzas a aquellos que hicieron posible que hoy podamos ser felices bajo este cielo de paz y armonía. Allá en los albores de nuestro tiempo, mi antepasado Haral, tiñó de blanco para siempre nuestros estandartes e inundó de luz nuestras tierras. Lo que hasta ese momento había sido oscuridad y pesadumbre se volvió aurora redentora y es nuestra única razón existencial perpetuar su legado, edificar la paz sobre esta paz y mirar hacia un futuro que se vislumbra lleno de gloria allá en el horizonte. Un futuro sin miedo ni angustia ni dolor. Un futuro blanco como el hilo que teje nuestras ropas y remendó nuestros corazones. ¡Feliz día del amanecer a todos, queridos hermanos! ¡VIVA HARAL EL BLANCO! ¡VIVA CIUDAD BLANCA!

                A continuación, empezaría el recuento previo a los juegos en los que las familias cada año competían alegremente para optar a los distintos premios que el consejo tenía preparados para los ganadores. Este año se había corrido el rumor de que la familia clasificada en primer lugar recibiría un bello caballo de gran linaje. Estaban ya presentes todos, cuando el secretario real se encaramó al atril y comenzó a nombrar una a una a todas las familias del reino: – ¡Familia Helfias! – ¡Presente! – ¡Familia Karon! – ¡Presente! – ¡Familia Lucerna! – … (el silencio fue sobrecogedor como un presentimiento que hiela la mañana) – ¡Familia Lucerna! – Volvió a insistir. Todos se miraban sin comprender, nunca antes una familia se había ausentado del recuento. – ¡Por última vez, familia Lucer…! – ¡Aquí! – Una voz lejana dejó la frase del secretario a la mitad y partió en dos la mañana. Todos los allí presentes se giraron brusca y súbitamente hacia aquel sonido tenue pero firme y advirtieron a una mujer joven que corría desesperada hacia ellos. Se trataba de Olga Lucerna. Tardó todos los minutos del tiempo en llegar hasta la muchedumbre. – ¡Aquí, señor secretario, ha pasado algo terrible, no encuentro a mi hija, la pequeña Sofía ha desaparecido! ¡Tampoco está nuestro perro! Temo que se haya adentrado en el bosque buscándolo y se haya desorientado, por favor ayúdenme, es una niña enferma y prácticamente nunca ha tenido contacto con el mundo exterior. – Ciudad Blanca no era un lugar acostumbrado a los sobresaltos, hubo un lapso de auténtico desconcierto pero, al final consiguió triunfar el sosiego, el mismísimo Rey subió de nuevo al estrado y con voz certera dijo: – ¡No temas, Olga, todos te ayudaremos a encontrar a tu hija! ¡Declaro suspendidos los Juegos del Amanecer!

                Todos los vecinos corrieron a sus casas para buscar cualquier utensilio que hiciese más fácil la búsqueda. Las madres fueron a por abrigo para los niños, la noche se estaba echando encima y el bosque era un lugar frío. Los adultos fueron a por sus escopetas y a por antorchas y aceite, los mayores quedaron a cargo de los recién nacidos y los más pequeños. Todos se cuidaron de poner a buen recaudo el ganado y cerrar concienzudamente sus casas. Hacía mucho tiempo que nadie abandonaba el poblado, ni tan siquiera para adentrarse en el bosque, de hecho, era precisamente el bosque un lugar temido por todos, algo oscuro y contradictorio, la frontera bosque prohibidoentre la paz conocida y el miedo a perderla. Todo lo que un blanquiano pudiera desear, se encontraba dentro de los confines de Ciudad Blanca. Más allá de aquellas tierras el mundo era un sueño del que te despiertas sudando, un borrón en el cuaderno de bitácora de un viajero intergaláctico o una historia de miedo para contar a los niños en las noches de tormenta.

                Todos pertrechados y armados se reunieron en la plaza central de manera espontánea. Poco a poco, iban llegando los miembros de todas las familias hasta completar el censo. El rey, subido sobre un pequeño risco, llamó a la madre desesperada para acogerla entre sus brazos, ambos se fundieron en un abrazo, el pueblo sorprendido por el humano gesto del gran Horbas enmudeció por completo y hasta los que estaban relativamente lejos de los protagonistas pudieron oír la conversación entre ambos: – Para todos nosotros, será un pasó muy difícil abandonar nuestra tierra para adentrarnos en este abismo, te confieso que yo también tengo miedo, querida Olga, pero considero y hablo por todos los aquí presentes, que la ausencia de tu hija es un mal que precisa de todo nuestro sacrificio. El azar, enemigo antiguo de este divino reino, ha vuelto a intentarlo, pero nuestra unidad no se resquebrajara tan fácilmente. Encontraremos a tu hija cueste lo que cueste y volveremos a estar todos juntos en paz. La paz por la que tanto hemos luchado. – Que todos los dioses le guarden, majestad, y ojalá escuchen sus palabras y mis plegarias y mi pobre hija pueda volver a su hogar. No es como los demás niños, ella vive prácticamente todo el tiempo dentro de sí misma y tan solo se siente segura ante mi presencia y con su perro al que adora, somos su única conexión con la realidad. – Entiendo tu inquietud, Olga, no esperaremos más.  El rey se alzó aún más sobre un púlpito improvisado sobre dos rocas y arengó a todos los allí presentes: ¡No tengáis miedo! ¡No hay nada que temer! ¡Nos vamos a adentrar en la oscuridad pero la luz de nuestros corazones iluminará el camino! ¡La pequeña Sofía pronto estará de nuevo entre nosotros! ¡Adelante!

                De este modo y justo cuando el sol comenzaba a despeñarse detrás de las montañas, la cabalgata de la incertidumbre comenzó su pesaroso desfile hacia la oscuridad del bosque. Hombres y mujeres que no conocían el miedo o que parecían haberlo olvidado, se preguntaban qué tipo de dolencia sería esa que ahora se les agarraba como un lagarto a la garganta. Cuando el frío comenzó a subir por los tobillos hasta el alma, el único consuelo parecía venir de la mano de quien caminaba al lado. Las nubes parecieron preguntas en aquella noche sin luna. Una paz levantada con el cemento de los siglos parecía tambalearse hoy con la leve brisa que hacía silbar las hojas de los árboles. Cuando los acontecimientos toman un curso imprevisto y el desasosiego crece, se hacen imprescindibles las respuestas, y quizás por eso, empezó a llover. Una tormenta que parecía llevar siglos esperando a su pueblo entre las colinas, abrió sus compuertas y la angustia lo inundó todo. Siglos y siglos de contención. La paz impuesta, el tiempo olvidado y el futuro constreñido. Todo lo que era blanco se cubrió de barro y los hijos, hermanos y padres se miraron aterrados. El miedo había logrado encontrarles. Todos se fundieron en un abrazo y el tiempo recobró su significado.

                Llevaban aproximadamente seis horas en el bosque y todos estaban empezando a sentir el verdadero cansancio en sus músculos y huesos. Todos empapados, llenos de barro y asustados, desde el rey hasta el ratero, desde el sacerdote hasta la mesonera… Los niños preguntaban a sus madres y ellas no sabían decirles cuándo acabaría todo. Se inspeccionaba cada matorral, cada relieve del terreno, cada charca… De vez en cuando alguien llamaba en vano a la pequeña, – ¡Sofia!.. ¡Sofía! – Y el viento devolvía distorsionado el eco. Las fuerzas empezaban a desfallecer cuando, de repente, un sonido animal lejano iluminó la noche como un relámpago, podría haber sido cualquier alimaña, probablemente un lobo, pero todos quisieron creer que se trataba de un perro, del perroaullido del perro de la pobre Sofía y con esa determinación y con un ritmo desordenado y apresurado se adentraron en la maleza. Todos nerviosos corrieron hacia el aullido. Hubo caídas, desgarros y confusión, pero cuando el sonido ya era casi palpable, reinó el silencio. Fue Kirali, el hijo del alfarero quien la vio primero. Fue en un claro que dibujaba el bosque y sobre el que crecía un roble solitario. Con la espalda apoyada en su tronco y el perro dando vueltas y gimiendo a su alrededor, estaba Sofía, completamente empapada y con los ojos muy abiertos, como si algo que tuviese enfrente la hubiese paralizado por completo. Desde el fondo del bosque no lograban abarcar toda la escena y hubo que descender unos metros para llegar al lugar exacto donde yacía la niña. En ese instante repararon en que había dejado de llover hace tiempo y las nubes habían huido dejando paso a un cuarto creciente que lo iluminó todo.

                Ante los ojos de Sofía y de todos los allí presentes había algo que los hizo viajar a través de los tiempos. Una inmensa pradera cubierta de lápidas. Lápidas desordenadas de todas las formas y tamaños. Miles de losas y de tumbas amontonadas y surgidas de la tierra como volcanes primitivos y silenciosos. El espectáculo de la muerte en todo su esplendor. Una especie de cementerio que había permanecido completamente oculto durante cientos de años y que ahora parecía acogerles en su eterna calma. La verdad, el vacío y la comprensión. De repente todo parecía tener sentido.

                El rey, lo entendió todo de repente y quiso acercarse al lugar donde la niña Sofía, ya en brazos de su madre, parecía no salir del trance y con unas palabras que quedarán para siempre en la memoria de todos, le dijo suavemente: – pequeño ángel de sabiduría inmensa, solo tú, durante toda nuestra historia de pueblo equivocado, has estado en lo cierto. Solo tú, pequeña Sofía, fuiste capaz de mantener tus puertas siempre abiertas al amor y fue el amor el que te guió hasta este sagrado lugar en el que hasta hoy estuvo preso y del que saldrá rompiendo sus cadenas para volver a donde pertenece. Nunca olvidaremos tu bendita providencia. Nunca olvidaremos el brillo último de tus ojos.

                Al oír aquellas palabras, la pequeña Sofía se durmió para siempre y justo debajo de aquel roble se veló su cuerpo toda la noche. Todos los hombres y mujeres del reino con sus ropas embarradas rindieron pleitesía por última vez a la niña, cuyas ropas lucían caprichosamente limpias. Aquel humilde árbol la guareció de la tormenta y ahora le servirá de panteón. Bajo la tierra, una vez más, se confundirán los huesos y las raíces, la eternidad y el vacío, El amor y la muerte.

FIN

arbol muerte

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