El karaoke (oda a la decadencia)

Alguien no muy instruido en los sinsabores (y los sabores) de la vida podría pensar que la decadencia* es algo comparable al pequeño lapso de tiempo que transcurre entre el metálico repicar de un timbre y la apertura de la puerta en un obsoleto karaoke destartalado. Hay aún quien no sabe que el lado oscuro es tal porque aquellos que habitan en él detestan la luz. No se trata de una pose ni de un estilo de vida, la penumbra es una necesidad. La necesidad de aferrarse a algo, aunque ese algo se precipite hacia el vacío y se lo esté tragando el suelo.

Nunca entendí la palabra “decadente” como un adjetivo peyorativo, todo decae: los árboles lo hacen, los edificios y también las personas. Puedes reformar un edificio pero lo importante es lo que has vivido dentro de él, la intensidad de las emociones experimentadas entre esas cuatro paredes en el centro mismo de un lugar. El alma, en cierto modo, como concepto intangible generador de emociones y almacén de sentimientos no es susceptible de reforma. Se reforma lo físico, pero no lo espiritual. Se cambia el parqué pero no se borran las pisadas.

Por eso me gustan los karaokes. Los karaokes cutres, los casposos, porque son así y no pretenden engañarte y me gusta la gente que acude a ellos y en especial los más asiduos, los que se han ganado ya su rinconcito especial y el respeto de la concurrencia, también me gusta el contraste entre la gente que viene y va y los oriundos, un grupo de tunos aburriendo a unas estudiantes de intercambio mientras un matrimonio, desde una esquina oculta, canta con devoción su canción de cabecera. Salva, el dueño, desde la barra, alzándose en un pequeño escalón secreto y cantando una balada de Adamo para animar a la concurrencia a cantar y a consumir o Luisa una cantante de orquesta sin suerte ni buen cuerpo que interpreta de maravilla canciones muy determinadas del repertorio de una coplera menor. Todos ellos al natural, mostrando de sí mismos la parte más reluciente, orgullosos de sus heridas que no se ven porque dentro está oscuro y fuera es un lugar extranjero. Todos ellos me hacen feliz mientras se quema el barco, todos y en especial uno, el más asiduo y respetado. El señor que inspiró estas líneas.

“Copito” es indeciblemente viejo y tiene el pelo blanquísimo como el ya difunto gorila albino del zoo de Barcelona.  Su bendita costumbre es situarse de frente a la barra con los dos codos apoyados en ella y dando la espalda a la gente en un estudiado gesto de desdén. Metido en sus cosas y farfullando algo entre dientes, apura su copa servida en un vaso “lisito” de tubo con los hielos medio consumidos. Desde la esquina desde la que lo vi por vez primera parecía un señor muy serio y apesadumbrado pero “Copito” no es así, simplemente hay que esperar con paciencia el momento preciso para comprobarlo. Cuando entre canciones destrozadas, de repente y de manera mágica e inesperada el micrófono cae en las manos de alguien que lo sabe sujetar y que canta una buena copla de Rocío Jurado, a “Copito” se le abren las entretelas y de ellas sale una pluma vieja y mecánica, se convierte en una especie de robot amanerado y entrañable, alza los brazos a la altura de la cabeza y da por fin media vuelta para presenciar el espectáculo, que importa lo que haya pasado en los ochenta años que precedieron a ese momento, que importa lo que sienta ese hombre o lo que opinen los demás sobre su vida. A él le gusta el karaoke porque una vez cada dos noches alguien interpreta decentemente una copla que le gusta. Él no esconde eso. En lugares así no hace falta esconderse porque las luces están apagadas y las heridas no sangran cuando nadie las mira.

* Decadencia:

  1. Declinación, menoscabo, principio de debilidad o de ruina.
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