La vida nunca espera (Parte IV)

  Lo primero que hizo la tarde en que llegó fue visitar la facultad. Todo estaba enormemente cambiado, pero, sabía que se adaptaría fácilmente por lo que no puso especial atención en nada de lo que le rodeaba. Caminaba con determinación y firmeza y su destino no era otro que el despacho de su viejo maestro Don Anselmo Yáñez. Al llegar al punto exacto donde otrora se ubicaba, en lugar de éste, halló una pequeña sala de estudio. Desorientado, volvió sobre sus pasos, con la intención de regresar a casa cuando, justo antes de salir, pudo ver un pequeño busto cuyo perfil le resultó esclarecedoramente familiar. Bajo éste, en una placa, podía leerse: “A Don Anselmo Yáñez Serrano (1918-1980) por su amor a las letras y su entrega a esta institución.” Eran demasiadas emociones en muy poco tiempo. En dos días, se incorporaría a su nuevo puesto y en ese momento solo pensó en ir a casa y descansar.

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  La mañana del lunes llegó al fin y el momento que tanto tiempo había anhelado se materializaba ante él minuto a minuto. Cuando, sin pensarlo, atravesó la puerta del aula XII de la Facultad de Filosofía y Letras todos los alumnos callaron repentinamente y con un respeto casi reverencial los que estaban sentados, se levantaron y los que ya estaban de pie, se irguieron aun más. Serafín no esperaba aquel recibimiento pero no dejó que la sorpresa se le dibujase en el rostro. Con los preámbulos justos procedió como había hecho siempre que trataba por primera vez con un grupo de nuevos alumnos. Repartió un folio en blanco a cada uno y les pidió que contestasen, por escrito, a una sencilla pregunta: ¿Qué significa para usted la Literatura? Pasada una hora, recogió todos los pequeños ensayos y se despidió hasta el próximo día. Justo antes de cruzar el umbral de la puerta, uno de los chicos le detuvo. Algo en su cara le llamó la atención pero en ese momento no acertaba a decir qué. Con una educación exquisita, se dirigió a él acercándole una carta: -Mi padre me ha dado esto para usted, Don Serafín. El profesor, sorprendido, se quedó unos instantes observando el sobre y cuando levantó la mirada para preguntar al chico todas sus dudas, vio que estaba él solo en el pasillo. Guardó el sobre en el bolsillo interior de su chaqueta y no le dio mayor importancia.

  Cuando llegó a su casa almorzó y, después, se quedó dormido en su sillón. Ya no estaba acostumbrado al ritmo de la gran ciudad y si quería corregir todos los trabajos de sus alumnos para el día siguiente, debía descansar. Durmió aproximadamente una hora, después tomó un baño y cuando se encontró plenamente relajado se dispuso a leer lo que los chicos habían contestado.

  Había leído las reflexiones de aproximadamente quince alumnos cuando llegó a la de uno cuyo nombre casi le para el corazón. Luís Ripoll Arteaga. De repente, todo parecía tener sentido. Intentó no dejarse llevar por la emoción y concluyó la lectura del folio. Su ejercicio era, con mucha diferencia, el mejor de cuantos había leído. Un trabajo realmente interesante.

  Poseído por una fuerza extraña, se levantó del sillón y caminó hacia la entrada de la casa. Cogió del perchero su chaqueta y hurgó en los bolsillos hasta encontrar la carta que le dio aquel misterioso muchacho. La abrió con delicadeza y la leyó con devoción, como si estuviese a tan sólo dos pasos de la tierra prometida.

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Madrid, 13 de Noviembre de 1982.

  El mes pasado abandoné el decanato de la Facultad, no sin antes asegurarme de que la nueva dirección te ofreciese, sólo a ti, el cargo que hoy ostentas. Soy consciente de todo el mal que te he causado y no pido para mi un perdón que no merezco. Sólo te hago llegar estas palabras para que algún día entiendas que, en ocasiones, la vida nos lleva a lugares a los que nunca imaginamos llegar. Nos coloca en situaciones que a menudo no comprendemos o, más bien, que comprendemos demasiado tarde. Sólo con el paso de los años adquieres la perspectiva suficiente para enorgullecerte o avergonzarte por tus actos.
   Serafín, mi padre, no llegó a conocerte y estaba equivocado; yo, que sí lo hice, volví a equivocarme; nadie mejor que tú se me antoja capaz de mostrarle al pequeño Luís el camino adecuado. Por eso lo organicé todo para que tu fueses su maestro.
   Nada me entristecería más que ver a mi hijo sufrir lo que yo sufrí o lo que yo te hice sufrir a ti. Ayúdame a impedirlo. Muéstrale que la vida, en realidad no es tan difícil y que, aunque nos lleve de un sitio a otro, casi sin darnos cuenta, también constituye la más valiosa de nuestras posesiones.

Con admiración y respeto. Luís Ripoll.

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