La vida nunca espera (Parte III)

  De todo esto hacía ya mucho tiempo y había quedado burdamente enterrado en la memoria de Serafín. No pasaba un día sin que recompusiese todos y cada uno de los hechos que lo habían llevado a su desoladora situación actual y siempre acababa convenciéndose a sí mismo de que ser profesor en un tranquilo pueblo de Toledo tampoco era el fin del mundo. En cuanto a su sedentario estilo de vida, el desorden y suciedad de su casa y el poco cuidado de su salud tan solo podía decir que era culpa suya. Nunca supo aceptar lo sucedido y parecía como si quisiera imponerse un castigo eterno. Como si quisiera convencerse de que nunca mereció su antigua vida o, peor aun, como si quisiese olvidar al hombre que un día fue.

  Así iba consumiendo un día tras otro de la misma manera. Llegaba tarde al colegio, recibía la merecida reprimenda de Saúl, el director, después rapiñaba lo que encontraba en casa y se sentaba en su viejo butacón a leer cualquier libro que cayese en sus manos, esperando, entre sorbo y sorbo de su vaso de whisky, a que llegase otro día exactamente igual a ése. Las únicas alegrías se las daba Doña Adelita con sus exquisitas recetas, pero, hasta ella le había abandonado ya. Hacía más de dos meses que no le traía de comer. La pobre anciana tenía derecho a cansarse de su poca gratitud, de modo que lejos de maldecirla la comprendió.

  Así continuaron las cosas hasta que una tibia mañana de Noviembre del año mil novecientos ochenta y dos la vida volvió a sorprender a Serafín cuando menos se lo esperaba. Acababa de regresar de otra insulsa jornada de trabajo. Hoy también había llegado casi una hora tarde y tenía la sensación de que Saúl estaba llegando a su límite. De seguir así, cualquier día perdería su empleo. En esos pensamientos andaba cuando deslizó su llave hasta el interior de la cerradura para abrir la puerta. Una reveladora brisa le despeinó el flequillo y cuando, rutinariamente, accedió al recibidor, deshaciéndose de su abrigo y se encaminaba ya a su cocina, de repente, se percató. Nadie, jamás, excepto Don Anselmo, en tres o cuatro ocasiones, le había remitido una carta. Junto a su pie derecho yacía como olvidado un sobre blanco. Invadido por una extraña sensación de incertidumbre se agachó a cogerlo y comenzó a leer en voz baja.

Dibujo D

  Madrid, 9 de Noviembre de 1982.

  Tras un estudio detallado de la labor realizada por usted, Don Serafín Marías Ceballos, en esta nuestra institución y, debido a la vacante que recientemente se ha producido en el departamento de Historia de la Literatura, el decanato ha tenido a bien pensar en su persona para proceder a la suplencia oportuna, pudiendo ésta derivar en una posible permanencia en el puesto por tiempo indeterminado si, tanto usted como la dirección del centro, así lo conviniesen.

Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Madrid.

Dibujo C

  Cuando llevas toda la vida esperando a que algo ocurra y te lo has imaginado de mil maneras distintas cuando por fin sucede siempre es todo más frío que en tus sueños. No obstante, Serafín no quiso sentarse a ver como se iba el tren. Hizo la maleta, aquella con la que llegó al pueblo hacía ya más de diez años, y cuando estuvo preparado, sintió la necesidad de agradecerle a alguien su golpe de suerte. No se le ocurría mejor persona que Adelita. Se dirigió sin pensarlo dos veces hasta su puerta y la golpeó impetuosamente. Tras unos segundos de espera escuchó unos ágiles pasos acercarse hasta él. La puerta se abrió, pero, tras de ella no encontró precisamente a la ancianita que él había imaginado. Frente a él y mirándole resuelta y fijamente a los ojos había una bella mujer madura y segura de sí misma. Serafín reaccionó muy tarde y sólo pudo articular un escueto y tenue: -¿Se encuentra Doña Adela? -Ella le miró con ojos comprensivos y contestó con un frío: – Adelita no está y ya no va a poder volver. -Ante el circunspecto gesto de Serafín, ella, decidió continuar: – Falleció hace dos meses y si no le importa que le deje. Es que imagínese el lío que tenemos con la mudanza. -A la vez que giraba sobre sí mismo pronunció un escueto:-No se preocupe. Buenas tardes.

  Aquella fue la primera vez en mucho tiempo que se sintió realmente mal. Entendió lo que no había entendido en todos estos años en los que había estado jugando a ser un monstruo. Cuando, por fin, había despertado de aquella pesadilla, quiso expresar su agradecimiento a alguien de quien podría haber disfrutado pero no quiso y justo en ese momento entendió que la vida nunca espera y la muerte tampoco. A la par afligido e ilusionado cerró para siempre aquel oscuro capítulo y puso camino de vuelta a Madrid donde una vez fue feliz y donde intentaría serlo una vez más.

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