La vida nunca espera (Parte II)

   Así las cosas, la relación entre los dos jóvenes se mantuvo durante años en un estado de obligada congelación. Luís evitaba dentro de lo posible a Serafín y, si éste se acercaba a aquél, era repelido tibiamente. Durante este absurdo proceso muchos profesores lamentaron en privado el hecho y se comentaba en los departamentos “qué pasaría si estos dos juntasen fuerzas” pero nadie alzaba la voz. Por aquel entonces, el régimen, aun estaba en plenitud de sus fuerzas y el Decano Ripoll tenía muchas amistades. Lo cierto es que Serafín siempre definió aquellos años como los mejores de su vida. Nuevo en una ciudad que lo tenía todo por ofrecer y todo lo que un espíritu entregado al arte, como el suyo, podía desear. Museos, bibliotecas, teatros, cafés… El ambiente idóneo para desarrollar una brillante carrera.

  Pese a ser el único compañero capaz de superarle en cualquier área de conocimiento el joven Luís nunca miró a Serafín con los ojos de su padre, sino que, más bien, se debatía entre un férreo respeto a su compañero y las opiniones contra él vertidas por su padre. Tenía un fuerte sentimiento de apego a su progenitor y sentía una enorme gratitud hacia él. La simple idea de llevarle la contraria le provocaba una ansiedad indescriptible. No obstante, si por él hubiese sido, posiblemente habrían sido amigos, pero en muchos casos no tenemos valor para cambiar la historia y dejamos que sea la historia la que nos cambie a nosotros. El propio Luís lo entendería muchos años después.

  Transcurrida casi una década y, pese a que ya no eran precisamente aquellos jóvenes dispuestos a cambiar el mundo con el chasquido de sus dedos, aún eran verdaderos líderes y un ejemplo para centenares de jóvenes que ahora ocupaban las bancas que antaño ocuparon ellos. Serafín se había convertido en un importante líder de conductas. Había tenido numerosas ofertas para dedicarse a la política, todas ellas de partidos contrarios al régimen, pero a él nunca le interesaron ese tipo de contiendas. Él amaba la enseñanza y la amaba con una pasión tan penetrante que era absorbida por sus alumnos y utilizada por éstos en múltiples direcciones. Había conseguido lo que siempre anheló y debía gran parte de su felicidad a su mentor el hombre que hizo todo lo posible para que llegase a ostentar la cátedra. Don Anselmo Yáñez hubiese hecho cualquier cosa por asegurar el bien de Serafín. Era una de las personas más influyentes en el ámbito universitario madrileño y también en otras esferas. En una época en la que había que tener amigos hasta en el infierno, él, los tenía y bien dispuestos ayudarle si lo necesitaba. Fue su profesor de Historia de la Literatura y el único hombre en toda la Facultad con quien llegó a labrar una verdadera confianza. El viejo profesor Yáñez miraba a los ojos a Serafín y el reflejo le era familiar. Le recordaba tanto a él mismo que se comprometió en su interior a protegerlo siempre y así lo hizo hasta el final.Serafín Marías

  Por aquel entonces Serafín sabía de sobra cuantos recelos se había granjeado con sus opiniones y quienes eran sus enemigos, pero las circunstancias habían cambiado bastante en los últimos dos años. En el sesenta y siete Don Luís Ripoll dejó la docencia y su cargo de decano fue heredado por su hijo. El viejo dinosaurio seguía incansablemente ejerciendo su influencia sobre el pobre Luís Ripoll junior, que, cada vez, cedía más a sus presiones. El actual decano seguía manteniendo una tibia relación con Serafín. Toda una vida escuchando a su padre, a quien admiraba, hablar de éste como si de un falso profeta se tratase, harían recelar a cualquiera. No obstante nunca puso trabas a su trabajo. En el fondo nunca dejó de respetarle profundamente, pero la vida le tenía preparada desde hacía tiempo una última prueba y Luís se sintió como un actor sin guión.

Justo dos años después de su retirada Luís Ripoll senior cayó súbitamente enfermo y entró en un estado de debilidad constante que acabó postrándolo en una silla de ruedas. Le habían diagnosticado un cáncer, al parecer, en un avanzado grado de extensión. Parecía un desgraciado final para una vida tan vacía de sonrisas. Este hecho afectó hasta niveles insospechados a su hijo. No podía aceptar que su padre estuviera abandonándolo. Nadie nace preparado para una cosa así y cuando llega ese ingrato momento unos huyen y otros aguantan. Unos rezan y otros piensan. Unos siguen siendo quienes eran y otros se transforman y, éste, fue el caso de Luís Ripoll junior.Luís Ripoll Jr y Sr

  En aquel fatídico año de mil novecientos sesenta y nueve la vida se complicó enormemente para dos personas que parecían invulnerables. El entonces decano de la Facultad se vio sumido en una drástica conversión. Lo único que parecía preocuparle en aquel momento era satisfacer a su viejo y convaleciente padre, al que la enfermedad, no convirtió precisamente en un ángel. De este modo, y en un ejercicio casi religioso consagró todos sus esfuerzos por erigirse en la reencarnación misma de su progenitor y no se le ocurría forma mejor de demostrarlo que hacer la vida imposible a Serafín, que desde ese preciso instante hubo de pasar por un verdadero calvario.

  Las ideas contrarias al régimen y en favor de todo tipo de doctrinas revolucionarias, que siempre había expresado el catedrático Marías, no constituían un misterio para nadie. Ni siquiera para el gobierno, al que ya habían llegado informaciones en más de una ocasión. Más de una vez Don Anselmo se vio compelido a remover sus influencias para proporcionarle escudo. No obstante, desde el cambio en la forma de actuar de Luís Ripoll, todo se complicó hasta el extremo. Casi a diario, Serafín, tenía algún encuentro con un agente de policía, o bien, se encontraba su despacho completamente desordenado, le sustraían todo tipo de documentos o recibía amenazas. La situación para él, era del todo insoportable y, debido a tal, un día que no olvidará jamás, perdió por primera vez en su vida el dominio sobre sí mismo y se dirigió al despacho del decano. En ese momento no se percato de que nunca antes había estado allí en más de veinte años. Irrumpió sin llamar y se dejó embaucar por la ira. Golpeó con una fuerza de la que no se creía capaz el rostro estupefacto del siempre impoluto Don Luís Ripoll junior. Solo fue un puñetazo. Un acto extraño para él. Quizás en ese momento él ya no era dueño de su propio puño. Una fuerza ajena a él lo había seducido y guiado hasta aquella situación. Parecía como si la vida le tuviese reservada a Serafín Marías una sorpresa inesperada y estuviese retándolo a demostrar su valía una vez más.

  A la mañana siguiente la cara del pobre Don Anselmo Yáñez lo decía todo. Le estaban arrancando una parte de sí mismo, pero por más que insistió; Serafín, había tomado una irrevocable decisión y esa misma tarde con la poca ropa que tenía y todo el dinero que había ahorrado partió de retorno al pueblo de sus padres. Unos dijeron que fue un paso atrás, otros dudaron de sus arrestos, otros cuantos, lo compadecieron y el pobre Don Anselmo lloró su marcha sin cuestionarse hasta que punto se estaba equivocando su querido alumno. A la hora señalada, lo esperó en la estación y, tragándose las lagrimas, supo componerse lo suficiente para entregarle algo que le había pertenecido desde hacía muchísimo tiempo, algo que a Serafín siempre le había parecido la más valiosa de las joyas. El separador de Don Anselmo era un viejo trozo de papel amarillento y plastificado con una dedicatoria, escrita a mano por el mismísimo Benito Pérez Galdós, que decía así “Para que nunca dejes de leer, Anselmo”, Serafín no supo que decir. Con los ojos temblando de emoción, le dio el abrazo más grande que había dado nunca, se dio la vuelta y no volvió a mirar atrás. No hubiese podido soportar, toda una vida, la imagen de aquel gran hombre destrozado ante su marcha. El tren se fundió finalmente en el horizonte como una gota de agua que cae sobre el océano. El andén, se fue, poco a poco, vaciando y Don Anselmo permaneció inmóvil como esperando un milagro, que sabía que no llegaría y, supo, que aunque le costase asumirlo, la vida seguiría su curso con la naturalidad a la que nos tiene acostumbrados. Una vez más no se equivocaba el viejo profesor de literatura.

Don Anselmo se despide

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