La vida nunca espera (Parte I).

    La calma dio paso al caos en aquella fría mañana de Noviembre, cuando, el viejo profesor Serafín Marías se alzó en un espasmódico salto de su cama y completamente desorientado empezó a vestirse con toda la velocidad que sus malacostumbradas articulaciones le permitían. Hoy no solo llegaría tarde, sino que, a juzgar por la hora (las 9:45) apenas podría salvar su empleo. Obvió una vez más el desorden de su habitación, esquivó todo tipo de objetos y consiguió colocarse cada prenda en su sitio en un tiempo record. Daba vueltas por la estancia sin realizar recorrido lógico alguno. Toda una sucesión de movimientos errantes. Casi lo había conseguido cuando se sentó en la cama desdoblando un par de calcetines y colocándose el del pie izquierdo, detuvo la mirada un instante en la ventana. Un ruido muy familiar le había llamado la atención. ¿Qué hacían unos niños jugando bajo su ventana en lugar de estar en el colegio? Se levantó caminando con un pie vestido y otro descalzo y, efectivamente, encontró la plaza repleta. No menos de diez niños se desfogaban pateando un desgastado balón, que, los abuelitos, acostumbrados al espectáculo, evitaban, de vez en cuando, para poder continuar con su rutinario paseo. Tan sólo el kiosco de prensa estaba abierto esa mañana y las familias, vestidas con sus mejores ropas, se detenían frente a él para comprar el diario y alguna que otra golosina para los niños. Era demasiado evidente para no verlo. El profesor giró sobre sí mismo y dejó que el espejo lo maltratase. Todo el mundo sabe que los domingos no hay colegio, lo que no sabía el bueno de Serafín era en qué día vivía. Serafín sentado

    Habían pasado ya muchos años desde el día en que llegó al pueblo con una enorme y ajada maleta. Ya no era aquel enérgico catedrático de literatura capaz de promover hasta la mas utópica empresa. Hacía tiempo que no sentía en los ojos de alguien aquella admiración con la que sus alumnos de la universidad le miraban. Llevaba más de veinte años viviendo en el estrecho margen que existe entre lo que un día fue y lo que nunca volvería a ser. Los días pasaban por él volando como aves que buscan tierras más cálidas. Porque todo lo que le rodeaba emanaba frío. Así iba desarrollando sus funciones vitales como quien rellena una rutinaria encuesta. Por las mañanas se esforzaba sin conseguirlo en llegar a tiempo a sus labores en el único colegio de Villaluenga, el pueblo de sus padres, donde impartía, a cambio de un salario decente, veinticinco horas a la semana de lengua y literatura a chicos de todas las edades. Cuando terminaba su jornada, corría a casa y malcomía cualquier cosa que quedase en su nevera. En otras ocasiones, que celebraba en sus adentros, al llegar, se encontraba, en una bolsa colgada del pomo de su puerta, un recipiente con cualquier tipo de guiso en su interior, o albóndigas o gachas. Adelita su anciana vecina lo compadecía desde el día en que llegó, pero nunca se atrevía a apretar su timbre, porque, el profesor se había encargado de crear, para si mismo, la falsa imagen de viejo huraño cascarrabias.

    Las gentes del pueblo sabían que en un pasado el ahora profesor del colegio público Juan Pelarea había sido un brillante catedrático en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, pero nadie, todavía, había conseguido averiguar el porqué de tan radical cambio de aires. Como corresponde al tópico, cuando a la España profunda se refiere, no tardaron en surgir miles de rumores. Unos decían que el profesor sufría de mal de amores y que llegó al pueblo después de que lo abandonase su antigua novia, otros lo achacaron a un intento de rehabilitación de un alcoholismo supino que lo estaba llevando a los abismos e, incluso, hubo quien se atrevió a afirmar que huía para que no lo metiesen en la cárcel por “rojo”. La realidad fue muy distinta, aunque, bien podría habérsele ocurrido a alguno de sus vecinos, pero la verdad es que la imaginación no es un bien al alza en un pueblo como Villaluenga.

    Corría el año 1969 y la Universidad de Madrid bullía de dinamismo. Era un hervidero de ideas recién nacidas y corrientes enfrentadas donde todos, tanto profesores, como alumnos, sin importar la procedencia ni los matices de sus sentimientos, aportaban una parte alícuota a un solo cuerpo tan ágil como Hermod. Todos se movían con la fuerza de quien sabe que está contribuyendo. En muchos de los casos, los individuos, hacían grandes esfuerzos por orientar la vela del barco sin preguntarse, siquiera, en que puerto atracaría. Lo importante era estar y ser partícipe del cambio. Lo importante era soñar en común; no si el sueño se haría realidad.

    En este contexto, dos prohombres, destacaban sobre la masa. Habían sido compañeros de clase en las mismas aulas donde ahora impartían conocimiento y podría decirse que eran dos caras de una misma moneda. Serafín Marías fue el número uno de su promoción (la de 1940 al 1945) y se doctoró cum laude por la Universidad de Madrid, en cuya Facultad de Filosofía y Letras ostentaba, ahora, la cátedra de Historia de la Literatura. Su familia, pese a ser humilde, nunca escatimó en la educación de su hijo. A menudo solía pasar días enteros sin ver a su padre, que trabajaba labrando una tierra que no era suya, intentando ganar lo suficiente para que su hijo no tuviese que sufrir lo que él sufrió. Su madre también arañaba un poco de dinero gracias a sus dotes de buena costurera y se empleaba haciendo arreglos a sus vecinas. Empezó cobrando la voluntad y acabó montando un pequeño taller de costura con cinco empleadas a su cargo.

    La fijación de Serafín senior no era sino la de alejar lo más posible del sufrimiento a su hijo y, en un Serafín leyendo a Verneejercicio de pura lógica, su pragmático y certero cerebro enlazaba, de manera directa, el concepto de sufrimiento a los de analfabetismo e incultura. Por eso, cuando el pequeño Serafín tenía tan sólo cuatro años él se encargo de buscar a un maestro que le enseñase a leer y a escribir y, por eso, cuando cumplió los diez, le pidió consejo a Blas, el anticuario, para regalarle su primera novela (“Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne) y ya no dejó de regalárselas hasta el día en que una bala del bando nacional se lo llevó por delante en la batalla de Teruel. El pequeño Serafín devoraba todo tipo de novelas. Dumas, Scott, Conrad… E iba creciendo en su interior un verdadero amor a esos libros. Años más tarde comprendería que no sólo amaba los libros sino lo que representaban. El esfuerzo que una generación altruista quiso hacer por dar a sus hijos lo que ellos no tuvieron.

    Dumas dio paso a Galdós; Galdós a Dostoievsky; Dostoievsky a Zola y así fue creciendo el joven Serafín siempre rodeado de libros. Se acostumbró a vivir aplicando en la vida lo que en ellos había aprendido hasta que cayó en la idea de que quería dedicar su vida a esos libros. A todos los libros. Para ello ingresó años más tarde en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid donde sus excelencias académicas nunca pasaron desapercibidas. Unos le admiraban, otros; le envidiaban (ya saben como funcionó siempre la madre España). Él siempre supo manejar esa situación como un verdadero líder, quizás, porque, tan sólo uno de sus compañeros despertaba en él una sincera admiración. Admiración que Serafín quería creer recíproca.

    Luis Ripoll era su nombre y su destino parecía dirigirse inamoviblemente al éxito. Todo lo hacía de una manera exquisita. Era un estudiante excelso, un joven tremendamente apuesto y un verdadero garante del buen gusto y los refinados modales. Con sus gráciles dieciocho años ya parecía como si el mundo girase impulsado por un soplo de su boca. De familia acaudalada y de amplia tradición en las altas esferas madrileñas, Luisito, siempre vivió al calor que desprendía su influente padre. Don Luis Ripoll senior era el Decano de la facultad de Filosofía y Letras cuando los dos chicos ingresaron en ella. Declarado falangista, consiguió evitar la llamada a filas para la guerra gracias a una cojera que arrastraba desde el día en que nació. Esto es lo único que el Decano debía agradecer a su limitación, porque, en lo demás, lo había convertido en un hombre acomplejado, reprimido y enfadado con el mundo. Aunque, quizás, no fuese sólo esa cojera lo que le hacía tanto mal. A saber que demonios llevaría consigo dentro de esa conciencia ennegrecida.

    Ultraconservador, hierático y malhumorado, nunca llegó a ver con buenos ojos a Marías, como él llamaba a Serafín. Para él, representaba al diablo mismo. Marxista, con ideas revolucionarias e hijo de un jornalero de pueblo, era más de lo que su entendimiento podía albergar, puesto que el problema no sólo era este, sino que, ese chico amenazaba la hegemonía y el liderazgo que tenía preparados para su hijo.

Ilustraciones: Emilio Santos

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