Nadie huye eternamente

IMG_6042Desde mi habitación en la calma que trae la sobremesa y en un acto casi reflejo que me conduce hacia la ventana, diviso a través de la misma, un parque por todos conocido. En uno de sus bancos de madera descansa un ancianito de entrañable aspecto y cejas pobladas de recuerdos que, completamente ajeno a mi escrutadora mirada, observa a los niños jugar como si para él no existiese el tiempo. Como si fuese posible para alguien detener el tiempo. Simplemente vivir.

   Me imagino lo que está pensando: -Ojalá tuviese yo ahora veinte años. Cualquier tiempo pasado fue mejor. -Me compadezco de él de manera automática y le doy la razón al pobre señor porque es evidente que en el ocaso de la vida uno sufre la epidemia de la melancolía casi a diario y vive de añoranzas. Uno nunca olvida que un día fue joven, que corrió, saltó, se enamoró y lo escayolaron… Y es normal no aceptar la decadencia del cuerpo cuando uno se asoma a un espejo. No en vano, el alma, el espíritu, la personalidad o como queramos llamarlo es un producto mucho mejor acabado que el cuerpo (aunque hay excepciones). Si lo cuidamos y cultivamos nunca perece, el cuerpo, en cambio, se aja y se pudre, se afea y se encoge. Es inevitable pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor cuando, sencillamente, tu presente se alimenta de recuerdos, pero ¿y si vamos más allá? ¿Y si nos sentamos nosotros en ese mismo banco?

   A menudo, nos sentimos aliviados cuando hacemos marcha atrás con la memoria y nos ubicamos en una época distinta a la que vivimos. Sentimos que en otro tiempo éramos felices y disfrutábamos más de la vida. Todo parece siempre más llevadero que el presente. De igual modo, cuando hacemos un viaje, por corto que éste sea y sin importar el destino, siempre sentimos mayor libertad y bienestar que en nuestro habitual lugar de residencia. Esto, a mi modo de entender, ocurre porque el presente nos pesa y pesa bastante y la única manera de soltar ese lastre es evadirse en el pasado, ilusionarse con el futuro o simplemente coger unas merecidas vacaciones.

   Entiendo al ser humano como un animal errático que tan solo es capaz de valorar las cosas cuando dejan de pertenecerle o de estar a su alcance. El mecanismo de ausencia y presencia nos mueve y nos hace llegar un paso por detrás a todo lo que sucede a nuestro alrededor. Es algo automático. Un error tan habitual, como destructivo. Un día conseguimos algo, al principio lo apreciamos, después nos acostumbramos a poseerlo y posteriormente lo asumimos. Cuando el momento que, tarde o temprano, suele llegar, hace que perdamos para siempre eso en lo que ya no reparábamos, comprendemos que realmente sentimos la necesidad de volver a hacerlo nuestro. Justo en ese momento entendemos el valor de aquello que teníamos y ya no tenemos. Justo cuando ya es tarde. Siempre un paso por detrás.

   Difícilmente nos llama tanto la atención lo que nos pertenece, como aquello que pertenece a nuestro vecino. Nos gusta más el plato que ha pedido el otro comensal. Nos parece infinitamente más fluido el carril de al lado cuando estamos en un atasco. El asiento de tres filas más atrás nos parece más cómodo en el cine. Nuestra caja en el supermercado es siempre la más lenta… En definitiva, nunca nos parece suficiente lo que tenemos.

   No debemos caer en el error de pensar que simplemente se trata de inconformismo, virtud que me parece harto plausible, sino de un desprecio galopante por aquello que es nuestro. No podemos ser tan insensatos y tropezar constantemente con esa piedra. Debemos aprender a valorar y a defender lo que tenemos, ser inteligentes y saber que las personas y las cosas que vemos, que tocamos, que abrazamos, un día, desaparecerán, tenemos que exprimirlas ahora que podemos, sacar su jugo, llenar nuestro ser de la materia que las compone. Esta es la opción complicada porque no estamos preparados para afrontarla, pero es un bonito reto.

IMG_6043  También cabe la posibilidad de subirse a una Harley, dejarse crecer espesas barbas y huir como un nómada hasta lo más profundo del vacío, cortar la carretera con la gracilidad de las aves del cielo, sentir que el peso de la vida es ligero y llevadero, no atarse a nada ni a nadie y vivir simplemente como un alma libre recorriendo el mundo desde el pasado hasta el futuro sin hostales ni presente. Es otra opción, ahora bien, nada impide que en pleno éxtasis de libertad, el ser humano que llevan dentro se les rebele y les pida a gritos un lecho caliente, una grata compañía y un generoso plato de sopa caliente. Nadie huye eternamente.

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