Un poeta olvidado

Mi madre no me dejaba jugar con las cosas guardadas en el armario de la buhardilla. Recuerdo una ocasión en que me gritó: -¡No quiero verte trastear por ahí Germán Saldaña! (cuando pronunciaba mi primer apellido es porque estaba enfadada). Para mí cualquier prohibición añadía un excitante cariz aventurero a mis intenciones. Desde que desperté aquella mañana de domingo, supe, que ese día, (23 de Abril, como fielmente reflejaba mi calendario de estrellas de Hollywood) abriría, por fin, aquel mueble prohibido.

Todos andaban ocupados vistiéndose para dar un paseo por el centro de la ciudad. Con motivo del día del libro y, como era habitual cada año, habían instalado cerca de casa la feria de ocasión.

Yo, mientras tanto, desobedeciendo por partida doble a mi pobre madre, en lugar de estar preparándome para salir, me encontraba en plena expedición al armario misterioso. Cuando lo abrí mi olfato percibió una agradable mezcla de naftalina y ropa vieja. No había nada en él, al menos a primera vista, que hiciera pensar en la necesidad de una prohibición, pero como mi madre no solía hacer las cosas por capricho, como ella misma solía decir, seguí en busca de una sorpresa. Tan sólo llamó mi atención una vieja caja de madera, que abrí sin esperar nada interesante en su interior. Por supuesto, estaba equivocado, aquel recipiente contenía cerca de veinte grabados, todos ellos de lugares que yo desconocía. Parecía como si alguien se hubiese dedicado laboriosamente a retratar todos y cada uno de los rincones más singulares de una ciudad concreta. También había varias cartas entre las que destacaba una de ellas por carecer de sobre. Forzado por una enorme curiosidad, la cogí entre mis manos y la leí con atención…

                      23 de Abril de 1656, Sevilla.

Acaba de anochecer y una pluma y este trozo de pergamino, que a bien ha tenido facilitarme mi custodio, me hacen esta carga más llevadera. Acaso no supone, ésta, una irónica paradoja de la que ha sido mi vida. Mi doble vida. De la que tú solo conociste el envés. Siempre componiendo versos para huir de la realidad y de mí mismo. Aunque empiezo a pensar que la única que conseguirá huir pronto será mi alma. Añoro tanto, en este preciso momento, los sonidos de la calle Judíos, donde crecí, así como la paz que se respiraba en mi pequeña casa de la Plaza del Potro. ¡Oh! Si pudiera mi cercenada libertad, solo una vez más, volver a sentir el calor del sol en cualquiera de esas calles de mi querida Córdoba. Y volver a dotar de sentido a mis piernas y mis brazos y mis ojos y poner tinta en mi pluma y versos en mi cuaderno. Un verso por cada rincón donde fui feliz. Donde fuimos felices.

Pobre de mí en esta negra noche que oprime mi corazón y que no deja brotar de él ni el más mínimo aliento. Pronto cesarán las lágrimas. Mientras, sólo tu recuerdo me mantiene sereno. Saber que viví tu amor y que llorarás mi ausencia divide mi alma y paraliza mi rostro. Seguiré escribiendo ahora que se intuye esta tibia claridad que siempre precede al alba. Sé que serán mis últimas líneas y no se me ocurre mejor destino para ellas que tus blancas manos. Solo vuelven a mi memoria recuerdos felices en este momento tan difícil. Por qué será que el Hado juega con sus títeres de este modo tan cruel. Yo ya admití mi culpa. No justifico mis actos, mas imploro que no se alargue esta condena, pues llevo grilletes a mis tobillos desde el día mismo en que nací.
Ya vienen. Oigo sus carruajes y las idas y venidas de los peones. Todo parece estar preparado. Creo que aun tengo tiempo para derramar en este trozo de papel esas gotas de verdad que antaño guardé con tanto celo.
Siempre te amé, Leonor, y si es verdad que una vez liberada de estos muros de mi cuerpo, mi alma deshilachada asciende a otras esferas, también en ese momento mi alma iría unida a la tuya. No sufras más por mí. Yo sabía bien cuál era mi destino, porque nací marcado. Éste es el final de una existencia errante a la que tan solo tú fuiste capaz de hallar sentido.

                                                                                                      Siempre tuyo. Germán.

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Se agotaba mi tiempo. Mi madre acababa de gritarme ordenándome que estuviese listo en cinco minutos. Lo dejé todo tal y como estaba ya que no quería crear sospechas. Me vestí lo más rápido que pude y bajé. Todos me estaban esperando. – ¿¡Podemos irnos ya!? Preguntó mi padre. Todos asentimos y salimos a la calle. Sin más, cerró la puerta tras de sí y nos dirigimos a la Feria del Libro.

Las calles estaban llenas de gente que iba y venía, el sol brillaba en los cristales de las ventanas abiertas a la primavera. El color lo inundaba todo y todos parecían más contentos que ayer. Yo iba ensimismado con la mirada clavada en los adoquines y pensando en mi reciente hallazgo. Me venían a la cabeza todas aquellas ocasiones en las que sorprendí a mis padres hablando de un misterioso antepasado nuestro que al parecer era poeta. Un día mi madre se percató de que estaba escuchando una de estas conversaciones rezagado en el rellano de la escalera y me obligó a ir a mi habitación.

Casi sin darme cuenta llevábamos más de cinco minutos recorriendo el parque y rodeados por montones de libros de todo tipo. Así continuamos durante un buen rato, cuando de repente, me quedé hipnotizado. No podía separar mi mirada de uno de los ejemplares. Estaba como colocado a propósito encima de una enorme montaña. Esperándome. Mi padre me llamaba a lo lejos, pero yo apenas lo escuchaba. Aquel no era un simple libro apolillado. En su ajada cubierta aún podían leerse nítidamente un nombre y un título: Germán Saldaña. “Versos a Córdoba”. Se me erizó la piel y con un acto reflejo llamé a mi padre con un grito haciéndolo retroceder… -Quiero este libro, papá. -Estás seguro, hijo, ¿no prefieres ir a ver los comics? -Estoy completamente seguro, papá. Mi padre acabó comprándomelo y cuando, por fin, lo tuve entre mis manos, no sabría explicar lo que sentí. Desde aquel día sólo sueño con conocer la ciudad de los grabados y con saber más del misterioso Germán Saldaña. Quizás, algún día, yo también llegue a ser un gran poeta como él.

                            EPÍLOGO

Cuando llegué de nuevo a casa no pude reprimir las ganas de descubrir qué decían las otras dos cartas, de modo que subí sin hacer ruido, abrí el armario y me dispuse a leerlas. Ambas eran muy escuetas.

               16 de Abril de 1656, Córdoba.

Mi amor, como sé que estarás añorando las calles de nuestra ciudad, te envío unos grabados que he podido hacer. Son tus rincones favoritos de Córdoba, como podrás ver. Vuelve pronto. Se me hace enorme, sin ti, esta casa tan pequeña.

                                                                                                                     Tuya. Leonor.

                       24 de Abril de 1656, Sevilla.

Estimada señora siento mucho comunicarle que su amado, Germán Saldaña, fue ajusticiado esta misma mañana, dándose cumplimiento, de este modo, a lo dispuesto por el Santo Tribunal. Sin más y, mostrándole mis condolencias, me he tomado la libertad de adjuntarle esta carta, escrita por el propio reo con la pluma y el trozo de pergamino, que, yo mismo, por caridad, tuve a bien proporcionarle.

                                                                                                            Prisión de Sevilla.

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