Aprender a leer

¿Por qué la gente lee cada vez menos o sencillamente nunca lo hace? A priori, en busca de una respuesta rápida y supuestamente lógica, podríamos afirmar que, conforme van surgiendo múltiples maneras distintas de ocupar nuestro tiempo de ocio, el hecho de leer un libro se está viendo relegado a una posición no tan privilegiada como pudo tener antaño. Los videojuegos, la televisión, los aparatos de reproducción musical y un largo etcétera disminuyen porcentualmente las posibilidades de que un joven o un mayor elijan la lectura para disfrutar de su tiempo libre.

Esta respuesta puede parecer razonable, pero me niego a creer que sea cierto lo que de ella se extrae. Si mantuviésemos esta postura, nos veríamos obligados a pensar que, de seguir esta tendencia que nos conduce a la cada vez mayor proliferación de formas de ocio, llegaríamos a un día remoto en el cual la lectura habría desaparecido por completo. Esto no es asumible y, de hecho, no ocurrirá jamás.

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Podemos analizar el problema desde otra perspectiva. Debido a esta vida cada vez más apresurada en la que nos vemos inmersos y en la que la ansiedad y el estrés empiezan a ser lugares comunes, ocurre, que los seres humanos tienden a utilizar la menor cantidad posible de energía en todas aquellas acciones que realizan fuera de su trabajo. La lectura requiere un “esfuerzo” de concentración que, en muchos casos, nos vemos incapaces de asumir. Esta teoría es la que sitúa, en mi opinión, a la llamada “telebasura” en el lugar que actualmente ocupa. Llegamos tan cansados a casa que preferimos mirar sin ver la tele u oír sin escuchar la radio y nada como un programa de televisión donde tres fulanos y un cualquiera hablan de cosas que realmente no existen. Es triste pero es real. En ocasiones, decidimos optar por colocar nuestro cerebro en “stand by” y dejar que nos viertan lo que haga falta pero, yo me pregunto, ¿basta con cualquier método de entretenimiento o existen distintas calidades también en este campo?

Con esta pregunta, mi intención no es abrir un debate injusto sobre los gustos y las preferencias de la gente. Está más bien dirigida hacia unas aclaraciones que considero preciso e interesante llevar a cabo. Efectivamente, allá cada uno con sus gustos, pero permítanme efectuar una diferenciación entre aquellas fuentes de entretenimiento que no requieren participación activa ni esfuerzo por nuestra parte para ser ejecutadas y aquellas otras que precisan de nuestra implicación. Ya que este problema se da con más fuerza entre los jóvenes, déjenme ponerles un gráfico ejemplo. La primera vez que juegas con un videojuego que aún no controlas, la diversión está mucho más limitada que cuando realmente has conseguido un dominio del mismo que te permite disfrutarlo por completo. Podemos decir que la destreza en este tipo de entretenimiento es entrenable. Con la lectura ocurre exactamente lo mismo. Si jamás has leído antes un libro es absurdo decir. – pues un día intenté leer el Fausto de Goethe y me pareció un rollazo. – Natural. Demasiado que no sufriste un colapso neuronal o directamente una embolia. La lectura es altamente entrenable y por eso intento hacer siempre hincapié en que cada lector sea humilde y vaya, poco a poco, adquiriendo capacidades de una manera progresiva. Siempre hay un libro adecuado para cada momento y cada lector concretos. Si logramos adiestrar nuestro intelecto hasta las cotas adecuadas, conseguiremos disfrutar de la lectura como sólo con ella puede hacerse.

No quisiera entrar tampoco a enumerar las ventajas que se extraen de la lectura, porque son por todos conocidas ni redundar en esos aspectos, prefiero, por el contrario, reivindicarla de una manera distinta y hacer un verdadero llamamiento a aquellos osados que leéis estas líneas para que pongáis todo de vuestra parte para que esta sana costumbre que durante tantos siglos hemos mantenido los de nuestra especie, continúe con vida. Las cosas que un buen libro puede darte, no pueden experimentarse por ningún otro medio. Defiendo hasta la última consecuencia el placer que para el espíritu supone enfrentarse a solas con un libro. Abrir una vía invisible entre nosotros mismos y los sentimientos, los pensamientos y la creatividad de los grandes autores, capaces de colocarnos en lugares que no visitaremos y de violar constantemente el espacio/tiempo haciendo posible todo cuanto imaginamos. Un libro es, para mí, al fin y al cabo, un conjunto ordenado de hojas de papel donde nada es imposible. Si renunciamos a la imaginación y los sueños, renunciamos a nuestra propia condición. Dejamos de ser seres humanos.

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