Roma y la cúpula imposible

 

Una vez más, la ciudad de Roma, amaneció cubierta por una niebla inconsistente y perecedera que dejaba pasar la luz suficiente para adivinar, desde el balcón, el somnoliento trasiego de la Vía Tiburtina que, a esas horas, se desperezaba con la misma indiferencia que ayer y que mañana pero sin apenas indicios de vida humana. En la calle comenzaba otro domingo y en mi reloj ya eran las nueve, de modo que me duché y me vestí en menos de veinte minutos y salí de mi casa con la ilusión necesaria para un nuevo día en el bolsillo de la cazadora.

La noche anterior había estado en casa de unos amigos en Trastevere y surgió la idea de emplear la mañana siguiente en visitar Tivoli, una pequeña ciudad cercana a Roma donde se encontraba la Villa de Adriano. El plan tenía buena pinta y mi apetito por conocer nuevos lugares seguía siendo voraz. Habíamos quedado a las nueve y media en la estación de Tiburtina, de modo que ni siquiera me entretuve en desayunar y cogí uno de los autobuses que habitualmente nos aliviaban la distancia entre nuestra casa y la parada del metro. Conseguí llegar a las nueve y media en punto y no había nadie esperándome, de modo que me puse a dar vueltas por la estación esperando a mis acompañantes. Los minutos pasaban y comencé a barruntar la posibilidad de que definitivamente no se presentasen. Teníamos previsto coger el tren de las diez y decidí no cambiar de idea hasta que llegase el momento, de modo que, cuando vi en el viejo reloj de paneles de la estación, que eran las diez y cinco, sin darle mayor importancia, subí las escaleras salí de nuevo a la superficie y justo en ese momento, recibí un mensaje. Era mi amigo Joâo, al parecer, la parranda, allá en la otra orilla del Tíber se había prolongado más de la cuenta, se disculpaba sinceramente. En el Erasmus las cosas que en la vida real nos preocupan o enfadan, carecen de importancia y el rencor es una palabra sin sentido. Sin pensarlo dos veces y con todo el día por delante, me propuse disfrutar de la ciudad más maravillosa del mundo y mientras me dirigía hacia la parada de la línea B observé que el sol había pensado lo mismo, alzándose majestuoso por encima de la resignada neblina.

Se me había encendido la bombilla, llevaba meses en Roma y desde que un amigo me recomendó encarecidamente que lo hiciera, pensaba en visitar la iglesia de Sant’ Ivo alla Sapienza, aunque hasta ahora no había visto el momento adecuado, puesto que tan sólo abría sus puertas al público para el culto los domingos a las doce. Todo parecía seguir un guión y es que los mejores planes, en ocasiones, suelen surgir de manera espontánea. Utilizaría las dos horas que restaban para las doce en pasear por Roma y por su centro histórico, hecho al que agradablemente colaboraba la inmejorable localización del monumento, situado entre el Panteón y la Piazza Navona.

Decidí abandonar el vagón del metro B para bajarme a la altura del Coliseo. Durante los diez meses en los que estuve viviendo allí, jamás dejó de impresionarme la salida de aquella parada de metro, y nunca olvidaré el impacto que me produjo, en la primera ocasión, el hecho de encontrarme a veinte metros y justo enfrente con aquella imperial mole plagada de arcos. Sin más, lo deje atrás (caminar con el Coliseo detrás y no girarse para mirarlo es difícil) y me dispuse a atravesar la Via dei Fori Imperiali, el sol seguía conmigo e iluminaba la inmensa extensión de arte de todos los tiempos que se abre ante los ojos de quien pasea por esa ancha avenida. A la derecha el Mercado Trajano con su columna presidiéndolo, a la izquierda los Foros Imperiales y al fondo la Piazza Venezia, hacia donde me dirigía. Una vez en ella y sin dejar que el Altar de la Patria, con su fría y monstruosa estructura megalítica, me embargara, me escoré lo suficiente para, casi apoyándome en la fachada del rojizo Palazzo Venezia, mandar un guiño cómplice al que constituye, para mí, uno de los lugares más bellos de Roma, Il Campidoglio. Miguel Ángel lo hubiese entendido, no tenía mucho tiempo y el lugar al que me dirigía también sería de su agrado.

Dejando atrás todo lo que uno deja atrás cuando camina por este baúl de maravillas apiladas que es Roma, anduve atravesando la plaza dejando que los coches me sortearan y enfilé la rectilínea Via del Corso, cuando llegué a la altura precisa, giré sobre mi izquierda y me dispuse a perderme por las callejuelas que desembocan en el Panteón, donde casi de manera inevitable, me hice con unas porciones de Pizza al taglio (para los que amamos comer en la calle y a cualquier hora, Roma es un placer). Aunque en aquella ocasión no era el motivo de mi excursión, siempre es bueno reponer fuerzas antes de pasar al lado del Panteón. No sé si porque comí demasiado o por el embrujo que emana, no pude seguir mi camino como tenía previsto. Crucé su pórtico por enésima vez y accedí a la vieja maravilla redonda, saludé a Rafael Sanzio, miré, casi en un ejercicio de ensayada espiritualidad artística, la hipnotizante oquedad de su cúpula, y volví a la plaza.

Según la plaza volvía a dibujarse ante mis ojos con sus coquetos (y caros) cafés y pizzerías y su ambiente dominical, seguí mi camino girando a la izquierda en dirección Piazza Navona para comenzar de este modo la búsqueda exacta de mi objetivo: La iglesia de Sant’ Ivo alla Sapienza. Este rincón es una joya del barroco italiano, obra del genio Francesco Borromini, que se encontraba dentro del antiguo recinto de la Università della Sapienza, donde en su sede actual, estudiaban algunos de mis compañeros. Reconozco que me volví loco para encontrarla e incluso llegué a temer por toparme con sus puertas cerradas. Yo sabía cuál era el elemento que distinguía a aquella joya arquitectónica, por lo que me descubrí a mi mismo caminando en círculos como un autómata, alzando la mirada hacia los tejados de las casas circundantes y comprobando al pasar por algún escaparate cómo sus cristales devolvían mi reflejo. En aquel momento yo parecía un inmigrante recién llegado que busca una dirección que no existe. Un fantasma desorientado que no encuentra su asunto pendiente.

Fue algo natural e inesperado, como cuando en la rendija de un muro de piedra inerte florece el pequeño tallito de lo que nunca será una margarita. Allí estaba, asomando tan sólo unos dos metros por encima de la austera fachada de la que debió ser en su día la sede de la Universidad. Era la inconfundible linterna de la cúpula resuelta en espiral de manera hasta entonces imposible y que representa uno de los grandes símbolos del barroco mundial. Fue mágico, porque de repente todo se llenó de incómoda angustia. Sabía que si no localizaba aquel lugar, probablemente nunca lo vería y esa sensación de estar tan cerca de algo sin poseerlo casi consiguió atenazarme, pero hacía un rato que estaba dando vueltas sobre el mismo lugar y, de repente, el arte se asomo a la parilla y me llamó, y yo lo vi y todo se calmó.

Linterna de Santu00B4ivo alla sapienza

Reconozco que me emocioné, me acerqué corriendo hacia el lugar donde se intuía que debía estar el acceso y comprobé que aún era posible la entrada, me tranquilicé, intenté dejar de jadear y me senté en un banco a contemplar aquella maravilla. Accedí a la capilla, observé cada esquina, di mil vueltas por su pequeño claustro y como quien abandona a un hermano, salí de aquel lugar convencido, aún más si cabe, de que nunca viviría los años suficientes para agradecerle a la vida lo que Roma hizo por mí.

Ilustración: Emilio Santos

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