Dios

Cuando el hombre (el sufridor original) tuvo, por vez primera, consciencia de su finitud, tuvo la ila fotomperiosa necesidad de mirar hacia las estrellas. De manera repentina, pasó de ser un animal y preocuparse, tan sólo, por su sustento diario, a ser un individuo atemorizado por la muerte e incapaz de soportar la pesada carga que se posaba sobre sus hombros. Fue en ese mismo momento cuando surgió la idea de Dios. Un ente omnipotente capaz de acarrear dicho lastre. El hombre, ya sabedor de que su vida era perecedera, sintió la acuciante necesidad de delegar en un ser superior sus propios destinos para poder continuar vagando triste o alegremente por la tierra sin que la idea de la muerte lo atenazase para siempre. De este modo, los seres humanos hemos ido perfeccionando, poco a poco, nuestro Dios, asemejándolo o amoldándolo con el paso de los siglos a nuestras propias circunstancias y acercándolo o alejándolo (dependiendo de las épocas) a nuestra propia condición. El ser humano ha divinizado rocas, vacas, lobos, ríos y soles; ha creado árboles genealógicos de dioses todopoderosos y promiscuos, ha creído en un Dios, unas veces bondadoso, otras tirano, ha invocado a la naturaleza para que regase sus campos y dado gracias a los dioses por todo lo que tiene. El ser humano ha divinizado incluso a otros seres humanos, pero detrás de todos esos actos siempre hubo un sentimiento soterrado. El sentimiento de soledad, de incomprensión y de insignificancia ante el vacío de la muerte. El miedo a no encontrar las respuestas o a encontrarlas, quizás, cuando ya fuese demasiado tarde.

 

fuente foto: decoralos.com

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