El verdadero milagro de la Navidad

Un año más se nos ha venido encima la Navidad e incluso amenaza con despilfarrarse por completo y sin preguntar. Con ella, como siempre, ha venido del brazo la terrible escisión natural e inevitable entre aquellos que realmente son felices y aprovechan las fiestas para demostrarlo, y aquellos, a quienes al leer la palabra diciembre en sus calendarios se les cuelga de las cejas, ya de por sí tristes, el peso muerto de la melancolía. La desazón de quien observa una sonrisa y se le antoja como algo muy lejano. Algo perdido en otro tiempo. En un tiempo en el que las sonrisas se despilfarraban porque teníamos la vida apretada entre los dientes. Un tiempo en el que nadie faltaba y en el que sentarse a recordar era un ejercicio entrañable y no un recorrido mecánicamente destinado a estrellarse contra un muro infranqueable.

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Poco a poco y como ya habrán adivinado, el tiempo y las circunstancias me han ido desplazando hacia el lugar que ocupa la triste masa abotargada, compuesta por los individuos descritos en segundo lugar, allá en el párrafo anterior, pero es algo completamente ajeno a mi intención pecar de egoísmo e intentar chafar el júbilo de aquellos que sencillamente sin cuestionárselo, o bien, porque no les ha llegado el momento, disfrutan estas fiestas como han de ser disfrutadas todas las fiestas.

Los que me conocéis sabréis, casi sin dudarlo, qué tipo de cosas pasan por mi cabeza cuando llegan estos días y a los que no, quizás algún día os hable de alguien maravilloso sobre quien nunca escribiré un libro, porque, convertir en algo material lo que, en su esencia, es tan grandioso, constituye, a mi modo de ver, un acto necio y burdo. Sin embargo, déjenme que les diga que por desgracia y según van pasando las personas, los años y el maldito tiempo, todos vamos descubriendo este lado hueco y opuesto del adorno del dintel, las pelusas de detrás del árbol, el verdadero color de la vida… Y caemos en la cuenta de que solo hay una forma de entender la Navidad: mirarla como la miran los niños.

Como todos la hemos mirado cuando apenas levantábamos un metro del suelo, con la ilusión de quien aún cree en lo extraordinario, de quien sólo piensa en divertirse, en cantar, bailar y jugar sin mirar más allá, hacia cosas que aún ni siquiera comprende. Todos hemos disfrutado del olor de las cocinas de nuestras madres en esos días de trabajo infinito, para aquellas cenas de Nochebuena en las que se devoraba todo en tan sólo cuarenta minutos, todos hemos querido poner la estrella en el árbol y el niño en el portal, todos hemos pegado monigotes blancos en el batín de nuestro padre en el día de los inocentes y todos, absolutamente todos, hemos sentido los nervios previos al día de Reyes, donde cada año, el milagro de la Navidad se hacía realidad.

Buscar la felicidad en la felicidad de los demás e, incluso, compartirla con ellos es el camino acertado y, en estos temas, y, sobre todo, por estas fechas, los grandes productores y exportadores de este preciado bien son los niños. No importa lo nefasto que haya sido tu día o lo mucho que estés sufriendo la ausencia de un ser querido, cuando pasas apresurado por el centro de la ciudad en estos días y te fijas en los cristales de colores que desprenden sus miradas y en cómo caminan absortos y ajenos a los problemas del mundo, una sincera y casi inapreciable sonrisa se te dibuja en la cara y entonces, un año más, comprendes que el milagro ha vuelto a ocurrir. El milagro de la Navidad que, para ti, ha dejado de consistir en la ilusión de un regalo o la diversión de una fiesta, para convertirse en ese preciso instante en que, a pesar de las magulladuras, el malhumor y los problemas y, con una naturalidad que creías olvidada, te das cuenta de que la vida te ha guiñado un ojo, se ha acercado a ti y, sin dudar, te ha espetado: “Ponte tu abrigo, alza la vista y sigue mis pasos. Aún nos queda mucho camino por delante”.

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Fuentes foto: blogs.gamefilia.com y chestertownblog.com respectivamente

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