La vida en un instante (Dulce Eleanor)

Allí estaba, una vez más, como cada “noche del baile”, la dulce Eleanor, tan bella como siempre, apostada en la barra del bar, alejando a los diminutos pretendientes con indiferentes muestras de carisma y estudiadas miradas de superioridad. Llevaba un vestido demasiado bonito como para ser lucido en el único bar abierto los domingos en el pequeño condado de Chilton, en las mismas entrañas de la desagradecida Alabama. Nieta, hija y futura madre de granjeros, se acercaba cada semana al viejo bar de Chuck Forrester (Chukie’s) a esperar a que algún forastero le mintiese de una manera lo suficientemente ducha como para dejarlo todo y huir de su mano, lejos de la nada y en busca de un sueño parecido a la libertad.

Aquella no era, por tanto, una noche distinta y como tal, el viejo coronel McAllister se encontraba sentado, allá en el fondo, en una mesa olvidada, observando a los cadáveres danzar. Su cada vez más prominente cojera, no solo acabó con su carrera militar, sino que, encerraba en una despiadada jaula su lejana ilusión por aprender a bailar. Aun sentía en las noches de humedad el dolor de aquella bala. Se miraba al espejo cada mañana y se decía. –Jodido Johnny la bala te la extrajeron, pero el dolor sigue ahí y te está pudriendo por dentro. Pero esas cosas, un hombre no debe confesarlas o, al menos, eso decía el manual del genuino y solitario bebedor americano. Por eso, permanecía en silencio aquella tórrida noche de domingo en el lugar menos visible de aquel agradable antro. Solo quería sentarse allí y ver su muerte acercarse o, en el mejor de los casos, soñar con que la que se acercase fuese aquella maravillosa criatura que cada domingo ignoraba su existencia. Las mujeres como Eleanor Hollins no sacan a bailar a viejos y tullidos coroneles. No sacan a bailar a nadie. Bailan solas porque las canciones están escritas para ellas.

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Foto: detrasdelabarradelbar.blogspot.com.es

Era una terriblemente húmeda noche de Agosto y el calor creaba un ambiente tan irrespirable como embaucador. Desde su privilegiada posición, pudo observar que la pequeña Eleanor estaba más triste de lo habitual. Hacía rato que había dejado de bailar y bebía algo que desde la media distancia parecía whisky. Lo bebía como si no hubiese mañana y muy posiblemente, el bueno de Chukie pronto le cortaría el suministro. Los granjeros que aún quedaban en pie a aquella hora, luchaban por arrancarle un baile a cualquier pobre incauta, mientras la tísica banda tocaba un desacompasado country. La atmósfera se había enrarecido y por un momento, el Coronel se sintió reconfortado. Estaba realmente a gusto, de modo que decidió levantarse e ir a por otro doble a la barra. Por nada del mundo permitiría que aquella sensación parecida a la felicidad desapareciese sin más.

Y así fue como ocurrió, como ocurren las cosas que solo existen en la imaginación. De repente, Eleanor salió de su penumbra, giró sobre sí misma en su taburete y fijó sus ojos en el petrificado Coronel, la banda pasó del country al blues y el mundo se detuvo por completo. La muchacha parecía completamente dueña de sus actos y el alcohol y los fantasmas parecían no afectarle demasiado. Con determinación, se acercó y anudó al cuello del militar sus delicadas manos. El aturdido Johnny McAllister, para ese momento, ya no sabía siquiera distinguir sus propias manos, pero, aun así, consiguió completar el recorrido suficiente para llegar a la cintura de su repentina acompañante. Casi en dos segundos, se encontraba bailando con un ser al que consideraba de otro planeta y ella, como si lo hubiese amado durante años, acomodó la cabeza en su tembloroso pecho y se dejó llevar con cadenciosa y pura ternura.

Duró lo que tarda una banda en destrozar un viejo blues. Algo mágico con la esencia eterna de lo que, tarde o temprano, será un recuerdo imborrable. Posiblemente, la pobre hija de los Hollins había bebido demasiado aquella noche y muy probablemente, el afortunado, podría haber sido cualquier otro, pero eso ya no importa. Lo único que importa es que, aunque no alcancemos a comprender por qué, en la vida, existen instantes sublimes que nos hacen encontrar sentido al hecho de vivirla. Instantes que están ahí, esperando agazapados tras la esquina, a que nos demos de bruces con ellos. Pequeños lapsos de tiempo que nos endulzan la existencia y que nos hacen sentir como el viejo Coronel en aquella mágica noche de Agosto. Efímeramente felices, pero felices, al fin y al cabo.

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